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14.4.12

Saltos al infinito



Aquí, en la Tierra, radicados como estamos en un minúsculo mundo rodeado de inmensidad, apenas somos conscientes de lo existente más allá de los límites del mismo. Pese a poder observar algunos fenómenos sorprendentes y fascinantes (desde las 'simples' estrellas hasta explosión de supernovas, lluvias de meteoros, etc.), nada nos indica la verdadera extensión, la increíble dimensión y la inquietante atemporalidad del Cosmos.

De mis lecturas de Astronomía, iniciadas hace casi dos décadas, aprendí que todo lo que sabemos es gracias a la luz. Si conocemos lo lejos que está una estrella es por su luz; si conocemos su composición, es por su luz; si descubrimos cuál es su movimiento, es por su luz; si somos capaces de detectar planetas a su alrededor, es por su luz. Incluso, si en el futuro tenemos los instrumentos adecuados, será posible distinguir la existencia de vida en otro mundo gracias al espectro producido por la luz que rebota en él procedente de su estrella madre. La Astronomía, de hecho, tiene sentido gracias a la luz.

La luz no es más que radiación electromagnética procedente de una fuente emisora (como las estrellas) y que capta nuestra vista. Ya he hablado en algunas ocasiones de que la luz viaja a una gran velocidad (algo así como 300.000 kilómetros por segundo; da más de siete vueltas a la Tierra en ese único segundo...), y que lo que vemos en el Cosmos es el pasado, no el presente. Aunque la luz viaje rápido, el Universo es muy grande y las distancias a recorrer son verdaderamenente enormes. Así pues, no creamos que la información transmitida por la luz es instantánea y directa; tarda tiempo en llegar hasta nosotros. Mirar el cielo es ir temporalmente hacia atrás, en busca del pasado, cada vez más remoto. Saltando de astro en astro, retrocedemos en el tiempo, hasta casi tocar el infinito, cuando el Universo era un recién nacido. Gracias precisamente a que la velocidad de la luz es finita podemos ir al encuentro de la infancia del Cosmos.

Imaginemos ahora lo siguiente: pongamos por caso que hoy explota el Sol (hecho harto improbable). Nosotros sabemos que va a suceder, y como disponemos de una nave espacial nos subimos a ella y, empleando un agujero de gusano (y dando por supuestas muchas cosas), alcanzamos el otro confín de la Vía Láctea. Aterrizamos en un planeta agradable acompañado de una estrella estable y, utilizando un telescopio, miramos hacia el Sistema Solar. Si el viaje por el agujero de gusano ha sido lo suficientemente rápido (más que la luz solar), al mirar a través del ocular del telescopio aún veríamos al Sol, brillante y amarillo, bañando con su luz a la Tierra. Aunque, naturalmente, sabríamos que ya no existe.

Sorprendente, ¿verdad?

(Publicado en El Hermitaño el 1º de mayo de 2006)

5.8.11

Exploración y humanidad



Hay gente que opina que los costes de la exploración espacial son demasiado altos y sus recompensas insuficientemente valiosas. Porque aumentan nuestro saber, sí, pero no sirven para solucionar problemas sociales, curar enfermedades o erradicar la pobreza. Y, sin embargo, cualquiera que contemple una imagen como ésta, la de otro mundo girando alrededor del Sol con sus majestuosos anillos de polvo cortados finamente por las sombras, debería entender que la investigación del espacio es algo más que saber. Nos remite a un impulso ancestral de conocimiento, ciertamente, pero además nos permite un cambio absoluto de perspectiva en la forma en que observamos el Cosmos y a nosotros mismos.

El conocimiento que se desprende de toda exploración es importante, qué duda cabe, pero lo que se busca en realidad es un cambio, una transformación de nuestro pensamiento. En esa interrelación entre saber y revolución mental la exploración espacial juega un papel fundamental, porque sus hallazgos nos transportan hasta otra dimensión a la hora de concebir cuál es el lugar de nuestra civilización. Desde la conquista de la Luna, hace casi cuatro décadas, hasta esta foto de Saturno tomada por la sonda Cassini hace unas semanas, persiste un nexo común: el de ir más allá, para cambiar nuestra forma de entender el inmenso universo y, con ello, nuestra propia esencia humana.

Estamos viviendo en una época extraordinaria, de descubrimientos constantes y nuevas revelaciones acerca del universo, cada vez más fundamentales. Pero aunque no fuese así, aunque la exploración espacial no nos diera el camino a seguir en pos de un mayor saber intelectual, seguiría siendo vital para nuestra especie, y ello porque las sondas, las naves y estaciones espaciales y los ingenios humanos lanzados al espacio profundo nos permiten abrazar un enfoque radicalmente nuevo de quiénes somos, en relación al Cosmos.

Una única imagen del universo, como ésta de Saturno, nos sirve para entender por qué tenemos que explorar el espacio: una especie que no avanza hasta el más allá está sentenciada a muerte. E ir más allá significa, sin más, dejar atrás lo ya sabido, aquello que nos ha hecho humanos, y dar otro paso hacia lo imposible. Hace tan sólo unas décadas, una imagen como la de Saturno era una tarea más allá de nuestras posibilidades. Hoy es pura rutina.

El cambio de perspectiva es lo que debe movernos, más que el provecho práctico de nuestra exploración. A la larga, dicho cambio puede significar, gracias al estudio del Cosmos, nuestra propia supervivencia, por ofrecernos una visión del verdadero lugar y trascendencia de nuestra especie; esta nueva concepción tendrá como núcleo nuestras diferencias dentro de un marco humano común, unido ante la diversidad del Cosmos y su indeferencia ante nuestro propio destino. Esa unidad humana es, justamente, la que hoy más que nunca necesitamos. Y quizá sea la exploración espacial la que nos la proporcione.

(Publicado en El Hermitaño, el 7 de marzo de 2007)

25.12.09

Sentir el infinito



Cuando contemplamos el cielo, vemos el pasado. Es algo que me deja perplejo: es posible ver lo que sucedió hace miles, millones y miles de millones de años, sólo tenemos que observar el Cosmos. Cuando vemos la estrella Polar, estamos en realidad mirando el Universo tal y como era hace 320 años, pues esa es la distancia en años luz que nos separa de la Polar; alguien, en un planeta que orbitara esa estrella, vería la Tierra hace también 320 años, cuando los barcos de vela y los carruajes estaban de moda.

Yendo más lejos, mirando por ejemplo a la Galaxia de Andrómeda, nos remontamos a tiempos inmemoriables; 2 millones de años. Por aquel entonces no había humanos en este mundo, y si alguien en esa galaxia tuviera un telescopio potentísimo no vería un alma humana en todo el planeta; sólo simios vagando de árbol en árbol.

Y cuando nos lanzamos a las profundidades, al abismo negro del infinito, a las mayores distancias conocidas, estamos explorando el Cosmos en su infancia, cuando ni el Sol ni la misma Tierra existían. Si pudiéramos viajar instantáneamente hasta las galaxias más lejanas y mirar hacia nuestra dirección, no habría nada en la Vía Láctea que nos resultara familiar. Sin estrella, sin planeta, sin ningún atisbo de vida reconocible en miles de años luz a la redonda, nos sentiríamos solos, aislados, y desprotegidos.

De modo que mirar el espacio es mirar el ayer, no el hoy. El presente, en realidad, no existe en el Universo; la luz nos informa de lo que aconteció en el pasado; incluso mirando la Luna no la vemos al instante: si explotara ahora mismo, algo bastante improbable, lo sabríamos al cabo de casi 2 segundos. Si el Sol dejara de brillar, no lo percibiríamos hasta después de 8 minutos. Cuando acontece un suceso en el Cosmos, como la explosión de una supernova, la luz, quien nos aporta la información en forma de ondas luminosas, tarda en llegar dependiendo de la distancia a la que se halla el suceso. A más distancia, más tiempo transcurre hasta que sabemos lo que ha sucedido.

El Universo, sutilmente, nos engaña: creemos que todo ocurre en directo, pero las leyes físicas marcan ciertos límites, e incluso la luz tiene que cumplirlos. No importa demasiado, porque ¿qué mas dá si sabemos el ocaso de un astro con miles de años de retraso? Lo importante es ser conscientes de la grandeza de este Cosmos, de su inimaginable antigüedad, de sus fantásticas y sobrecogedoras maravillas, y de que, por mucho daño que podamos hacer, por muy mal que hagamos las cosas, el Universo seguirá ahí, omnipotente, omnipresente, infinito y magnífico, para humillar la arrogancia humana y hacernos ver, de nuevo, que no somos más que una mota de polvo en el cielo de la mañana... .

(Publicado en El Hermitaño el 19 de octubre de 2005)

28.10.09

¿Por qué?



Nunca sabremos por qué se creó el Cosmos. Nunca entenderemos los motivos, las razones, si es que las hay, que llevaron a algo o a alguien decidir construir todo lo que existe, desde la briza de hierba del jardín hasta las galaxias espirales. Así opina mucha gente; y si no podremos saberlo no será consecuencia de que seamos tontos, que carezcamos de luces, o tengamos un bloqueo mental permanente: no lo sabremos jamás porque, si lo hiciéramos, seríamos Dios.

No hay motivo, tampoco, para devanarnos los sesos en el intento; el Cosmos existe, y punto. Hay que adentrarse en sus dominios, interesarse por sus secretos, sus enigmas, los fenómenos que alberga y la relación que mantiene toda esa gigantesca estructura de materia y vida con nosotros. Y con ello es más que suficiente; querer dar pasos más allá, penetrar en la mente del Creador, es quizá demasiado arriesgado. Quizá ni siquiera tengamos la capacidad neuronal suficiente.

Ahora bien, la pregunta nos tienta, es estimulante, agranda el horizonte del saber y, al menos, ayuda a los hombres y mujeres a entenderse mejor a sí mismos; el intentar comprender por qué motivo existe todo la maquinaria cósmica tal vez sepamos por qué existimos nosotros. Puede caber la posibilidad, incluso, de que no sea imposible saber la respuesta a tal pregunta. ¿Y si Dios no fuera más que un invento, una patraña, una falacia creada por los temerosos y apocados humanos que buscaron en un ser divino y omnipotente la mano capaz de dar forma, color y vida al Universo?. Entonces sí estaríamos en condiciones de conocer el por qué. Pero, ¿hay un por qué?. Si nada movió las leyes naturales, si nada impulsó la Creación, es posible que nos encontremos ante un Universo azaroso y formado a consecuencia de una casualidad, un cúmulo accidental de condiciones físicas y biológicas que han permitido la aparición de la materia y la vida. Así, el Universo es sólo una cuestión de buena suerte.

¿Es suficiente con ello, con quedamos satisfechos con esa 'respuesta'? No, en absoluto, de modo que estamos como al principio: no sabemos por qué existe el Cosmos. Es una de las preguntas que hemos ido haciéndonos desde miles de años atrás, y seguimos en la más absoluta de las ignorancias. Podemos olvidarnos de ella, arrinconarla y pasar a otras cosas, más sencillas o menos comprometidas. Podemos, como hacen unos, dejarla en manos de los textos religiosos, de papa y curas, o podemos, como hacen otros, suponer que no hay respuesta a tal pregunta. En ninguno de los casos llegaremos a ninguna parte.

La opción intermedia es más vaga, más insegura, pero mucho más valiente. Puede que haya un motivo, una razón, una explicación que nos aclare el por qué; si existe, y es asequible para nuestras limitadas mentes humanas, entonces hay que ir tras ella, no por qué nos haga mejores, no porque consigamos un premio o logremos eliminar nuestros problemas, sino simplemente porque, como dijo Friedrich Nietzsche , "quien conoce un por qué puede vivir cualquier como".

(Publicado el 2 de junio de 2006 en El Hermitaño)

25.4.09

Antes del inicio



¿Qué había antes del nacimiento del Cosmos? ¿Hay alguna manera de saberlo? Por definición, con antelación al Big Bang, simplemente, no había nada. Si el Big Bang marca el inicio de la materia, del espacio y el tiempo, entonces previo a él sólo existía la nada, el no ser, la no presencia. Es decir, no había absolutamente nada que escuchar, ver u oir.

La ciencia nos revela qué sucedió justo una fracción millonésima de segundo después del inicio; para dilucidar lo que pasó antes, tan sólo nos sirve la inspiración, la instrospección y, quizá, la magia, el arte o la reflexión filosófica más ardiente y alejada del racionalismo convencional.

Entramos en el terreno de la metafísica exacerbada, de las especulaciones fantásticas, y es un terreno movedizo, irregular y desesperante. Si Dios hizo al Cosmos, ¿dejó pruebas de lo que existía antaño a esta creación? ¿Podemos alcanzar algún saber acerca de la nada, o estamos destinados a mantener nuestra ignorancia al respecto durante la eternidad? ¿No estaremos, al hacernos estas preguntas, acercándonos a la mente del Creador, a sus porqués? Si no había nada con anterioridad al Big Bang, ¿por qué tuvo que hacer un inicio, por qué no existe el Universo desde siempre? ¿No es acaso el principio un signo claro de que hay una intención, una motivación de que la consciencia y la inteligencia se pregunte acerca de su propia esencia? Un Universo eterno no requiere un inicio, un punto de partida; pero un Big Bang, un instante tras el cual se crea la materia y el espacio-tiempo, ¿no sugiere la existencia de la Voluntad?

Tal vez este Universo sea uno más dentro de muchos (o infinitos), creándose y destruyéndose sin cesar a lo largo de incontables eones. Quizá vivimos en un Universo destinado a desaparecer algún día en un Gran Colapso, para después renacer con nuevas condiciones físicas, en las que la vida posiblemente no tenga lugar o sea algo tan sublime que lo conocido hoy en la Tierra parezca insignificante y estéril. Quizá el destino de estos multi-universos sea la de una continua creación y destrucción, sin inicio ni fin reales, tan sólo una infinita sucesión de nacimientos y muertes.

Tales posibilidades son, a un tiempo, abrumadoras y fascinantes. Lo raro, lo sorprendente, lo que aún extraña más, es que seres tan poco privilegiados como nosotros seamos siquiera capaces de imaginarlas.

(Publicado en El Hermitaño el 21 de abril de 2006)

20.2.09

Tierra sólo hay una



¿No vale la pena conservar esta maravilla cósmica llamada Tierra?
¿No es un privilegio vivir en este planeta?
¿No hay nadie que se preocupe por ella de verdad?
¿Quién será el adalid de la verdadera ecología, pura y sin artificios?
¿Cuándo empezaremos a entender que, aunque a veces vivamos en mundos distintos, en realidad tenemos un sólo mundo para todos nosotros?
¿No es ya la hora de preservar el legado y protegerlo para el futuro?

Nada hay en el Universo conocido tan bello como nuestro mundo; miremos hacia donde miremos, no encontraremos ningún otro cuerpo tan majestuoso como este pedazo de roca rodeado de nubes y agua. No es chauvinismo, es pura objetividad. Así que, ¿por qué no cambiar hábitos, costumbres y métodos ya desfasados y reconvertir la Tierra en nuestra amiga, en lugar de nuestra enemiga al pensar que no nos brinda suficiente comida o que nos mata y destruye con sus desastres naturales?

Ella lo desea desde el principio. Ya ha esperado demasiado tiempo.

(Publicado en El Hermitaño el 2 de septiembre de 2005)

14.1.09

Cerca, lejos y más allá



Vagamos en medio de una gran oscuridad espacial; sólo la rompe, en las cercanías, la presencia del Sol. Si él no existiera, obviamente, no estaríamos aquí, pero tampoco habría aparecido la vida, ni siquiera los depositarios de esta, los planetas. Hace miles de años, en los remotos orígenes de nuestra civilización, cuando los palos y las piedras eran útiles prácticos y eficientes, ya sabíamos que de la brillante estrella amarilla procedía todo: vida, materia y consciencia. Fue el primer dios en ser adorado, la primera deidad en cuya veneración los humanos confiaron su destino. Muchos filósofos de la Grecia clásica, más de dos mil años atrás, empezaron a estudiar el Sol para conocer algunas de sus características; las primeras en descubrirse fueron la distancia y su tamaño. Resultó que el Sol, sólo una estrella entre muchas, era más grande que la Tierra y se hallaba más lejos de lo que jamás habíamos soñado. Esto fue el principio para cambiar mucho de lo que presuponíamos del Universo.

Hoy en día ignoramos al Sol; es lógico, porque hoy en día ignoramos casi todo. Nuestra vida diaria nos deja poco tiempo para reflexionar, para meditar acerca de los cambios que han supuesto ciertas transformaciones de nuestro saber. Al mismo tiempo, parece que la Tierra se nos ha quedado pequeña; la tecnología permite ya a varios de nosotros (los ricos muy ricos...) abandonar la Tierra por un tiempo, a modo de astronautas aficionados. Es una experiencia que puede cambiar, a su vez, toda nuestra vida. Viajar hasta más allá queda limitado al futuro, quizá lejano. Acercarnos a las estrellas es un deseo comprensible pero muy complejo. Si queremos llegar a las orillas de otros mundos extrasolares, deberemos superar muchas barreras que, hoy por hoy, son insalvables.

El Sol marca el primer límite de nuestro espacio cercano; escapar de su influencia es el paso imprescindible para emanciparnos de su luz y energía. Me imagino a aquellos que, dentro de un tiempo indefinido, echen un vistazo hacia atrás y contemplen los últimos resplandores del Sol, perdido entre un mar de estrellas y vacío; roto el lazo, por fin, quedamos libres para ir en busca del infinito.

(Publicado en El Hermitaño el 21 de diciembre de 2005)

7.11.08

Luces de vida y muerte



Estos extraños filamentos de gas violáceo son los últimos restos físicos de una estrella, que explotó hace 160.000 años en las cercanías de la Gran Nube de Magallanes, una galaxia enana satélite de nuestra Vía Láctea.

Esparcidos por el espacio desde la explosión, estos restos atestiguan una muerte estelar espectacular; la estrella que antaño mantenía estos filamentos de gas en su ardiente interior era mucho más masiva que el Sol.

Murió porque fue incapaz de sostenerse a sí misma por más tiempo; era demasiado gigantesca, demasiado descomunal, y los gigantes de gas del Cosmos, aunque espectaculares, viven poco, porque requieren mucha energía, y las despensas se agotan pronto. El Sol, aunque más modesta, está destinada a vivir miles de millones de años más, hasta una vida total de casi 10.000 millones de años.

Sin embargo, esta materia expulsada al espacio, como el postrero signo de la existencia de una estrella masiva, será de nuevo útil en el Universo; servirá para otros astros, que adherirán el gas en expansión, rico en elementos pesados (los que permiten la formación de planetas y vida), a su propia creación, con el resultado de una constante perpetuación de la materia, entre puentes temporales de millones de años. Una estrella muere y el reciclaje cósmico se pone en marcha; con el tiempo, nuevas estrellas heredarán esos mismos materiales, prolongando la vida del Universo y permitiendo, entre otras muchas cosas, la presencia de este mundo azul y las innumerables especies animales y vegetales que lo pueblan.

(Publicado en El Hermitaño el 25 de octubre de 2005)

27.10.08

Tres sorpresas de Marte







Para quien creía que Marte no era más que un desierto seco y soso, desprovisto de interés "artístico", es decir, sin formaciones ni estructuras bellas y espectaculares, aquí van tres sencillos ejemplos de lo contrario. Una especie de 'mariposa', un campo de extrañas "plantaciones" y un cañón mucho más profundo y auténtico que el de Colorado nos muestran que Marte nunca ha sido un planeta aburrido para aquellos que saben adónde mirar.

(Publicado en El Hermitaño el 26 de julio de 2005)

13.9.08

Vientos de furia



Como una gigantesca burbuja en suspensión entre nubes de gas y vientos huracanados, esta extraña formación cósmica, llamada prescisamente Nebulosa Burbuja (NGC 7635, en Casiopea), nos indica que, a miles de años luz, está teniendo lugar un enfrentamiento galáctico: la nebulosa en forma de burbuja poco a poco se disuelve en el espacio como consecuencia de los fuertes vientos estelares que proceden de una estrella gigante cercana. La radiación que emite la estrella es tan potente, de hecho, que en un abrir y cerrar de ojos la concha de gas se difuminará como una acuarela en un estanque.

Son frecuentes estos vientos tan violentos. A veces, en zonas de formación de nuevos planetas, las estrellas jóvenes fogosas generan unos vientos estelares de tal magnitud que destrozan el caparazón gaseoso y de polvo que protege a los planetas embrionarios, situados en otros sistemas estelares más modestos, de modo que quedan, desnudos, a merced de las intensas radiaciones. El resultado es la disgregación de la materia y la imposibilidad de crear nuevos mundos.

En el caso del Sol parece ser que no tuvimos cerca uno de estos gigantes, porque la evidencia de nueve planetas (sería mejor decir ocho...Plutón ha dejado de serlo) así lo atestigua. Además, la presencia de vida en uno de ellos es también un indicio de que, en todo el tiempo de existencia de este Sistema Solar, no ha sufrido grandes cataclismos. En caso contrario, quizá no estaríamos discutiendo esto...

(Publicado en El Hermitaño el 7 de noviembre de 2005)

8.7.08

Término



Adiós, estrella. Resplandeces con los últimos rayos de tu luz mortecina y solitaria. Acabas tu vida, finalizas el camino, sientes que has llegado al término. Rebotas sobre tí misma, te inmolas para deshacer la materia que has robado de otros lugares, y la expulsas en una orgía de gas. Nutrirás el vacío allá por donde pases, en tu postrera expansión, y los embriones estelares agradecerán tu aportación. Sales al exterior, declinas toda invitación, sabes que se acerca el clímax, anhelas el momento de expirar.

Has concluido el recorrido que te marcaste; te sientes orgullosa, feliz, por haber cumplido contigo misma. Has sorteado dificultades y enfermedades, has dejado escapar lágrimas de vapor, pero en tu juventud nada fue capaz de pararte. Fogosa, rebelde, enérgica y descarada, iluminaste la oscuridad con relámpagos y centellas. Había muchos otras a tu alrededor, pero no brillaban; y las que hacían, carecían de la chispa, la marca que señala a las que tienen algo especial. Tú tenías esa marca, y la lucías como nadie.

Ahora te apagas, te marchitas y te desvaneces; pero el tiempo siempre ha llegado lento hasta tí, como adormecido, y apenas te ha afectado. Aún resta media eternidad para tu adiós. En el tránsito hacia el ocaso perenne, mutarás por fin y arrojarás tu ser a la inmensidad. Otras recogerán tu semilla, aunque tu fruto era único en toda la Creación. Rodeando astros, esquivando cometas de largas cabelleras, absorbiendo guijarros interplanetarios, escaparás para siempre, y tu esencia, la que nos hizo enloquecer, se confundirá con los pársecs y los eones, para escindir este mundo en dos y partir hacia el infinito.

Nos veremos allá lejos, donde nada tiene nombre y donde todo es idea, sentimiento y verdad.

(Publicado en El Hermitaño el 28 de noviembre de 2005)

7.6.08

Luz y mundos cercanos; un vistazo a la familia del Sol



El Sol, motor de la vida en el Sistema Solar.



Mercurio, tórrido y solitario.



Venus, cercano y hostil.



Sin comentarios.



La Luna, eterna acompañante.



Marte, el sueño del futuro


















Júpiter, gigante, estrella frustrada.



Saturno, poesía planetaria.



Urano, frío y oscuridad.



Neptuno, azul profundo en la distancia.

Más de allá de todo ello, la inmensa lejanía del espacio profundo. Polvo, restos de vaporosos cometas y algún pedrusco ocasional. Silencio, profundidad y vacío.

(Publicado en El Hermitaño el 28 de abril de 2006)

25.3.08

El camino del hombre



Nuestro sendero vital se engarza con el de las estrellas. Tanto nosotros como ellas partimos de un único punto de energía, en el primer instante de la eternidad. Tomamos forma a partir de la creación sideral, y nuestra conciencia acabó por prender, por fin, en el espacio casi sin sustancia. A muchos eones vista, el destino es el mismo origen; fusionarnos con la materia y la imaginación del Cosmos. Somos los descendientes de las estrellas, pero ¿cuántos de los hombres se atreven a brillar con luz propia? Muchos de los que nos rodean prefieren hacerlo con luz opaca, existiendo como simples reflejos inútiles de portentosos fuegos ajenos. Si procedemos, en efecto, de lo alto, de lo más alto y glorioso que jamás haya existido, hay que honrar a nuestros ancestros, y nada mejor para hacerlo que resplandecer por nosotros mismos.

(Publicado en El Hermitaño el 21 de octubre de 2007)

10.2.08

Norteamérica, también en el cielo



Sorprende encontrar en el firmamento nocturno una nebulosa como ésta; es casi exacta al perfil de Norteamérica y la zona del golfo de México, ¿no os parece?. Fijáos como el golfo aparece perfectamente delimitado, con la cuña que supone Centroamérica. Es como si alguien de ahí arriba (es decir, no sé si me entendéis...) hubiera querido jugar con nosotros creando la imagen de lo que en la actualidad es una de las zonas más importantes del planeta.

Algunos patriotas radicales tendrán su visión de lo especial que es América y que por ello Dios la retrata en el firmamento y bla, bla, bla, pero los europeos o los demás habitantes de este mundo no tenemos que sentir envidia. Esta nebulosa es, casualmente, similar a Norteamérica, sí, pero lo es sólo por motivos de perspectiva. Cojamos una nave espacial, vayamos hasta ella, y su forma será totalmente distinta; vista desde otro ángulo, quizá podamos ver el contorno de España, quién sabe.

En cualquier caso, es otro ejemplo fantástico del arte del Universo, de su capacidad de moldear, con las únicas herramientas del gas y la materia, unas formas y figuras que nos maravillan, porque conectan aquello, de allá arriba, con lo que es familiar para nosotros aquí abajo. Hay muchos otras muestras de ello; ya las iré enseñando poco a poco. Para empezar, decir que es posible encontrar desde una huella de un gato hasta un reloj de arena. Imagináos pues la inventiva de este ente llamado 'Cosmos'.

(Publicado en El Hermitaño el 10 de junio de 2005)

16.9.07

Enjambres cósmicos



¿Alguien ha sufrido insomnio en estas noches veraniegas? La solución es fácil: imaginaos un cúmulo globular como éste, M 22, en la constelación de Sagitario. Un cúmulo globular es un aglomerado de estrellas, miles, decenas o centenares de miles de ellas todas apiñadas en torno a un centro de gravedad común, como un enjambre de abejas.

Si el sueño no os llega empezad a contar, ya no ovejas saltando una valla, sino las estrellas que este cúmulo contiene, y os aseguro que antes de diez minutos estaréis roncando como troncos. Si no, al primero que llegue a las 200.000 estrellas (sin trampa...) le regalo un llavero astronómico.
(Claro que me curo en salud puesto que para cuando alcanzéis las 200.000 estrellas ya será de día de nuevo...ja)

P.D.: M 22 es un cúmulo globular muy fácil de ver en verano si miráis hacia el sur; a veces es visible a simple vista, aunque muy débil. Coged un par de prismáticos corrientes y recorred esa zona desde un lugar oscuro. A muchos les falta el aliento cuando miran allí.

(Publicado en El Hermitaño el 22 de julio de 2005)

30.3.07

Un hogar de maravillas



Vivimos en una espiral galáctica en constante fecundación. Las estrellas que la forman, como las personas, nacen, viven y mueren. Por doquier vemos la intensa actividad cósmica en los criaderos de estrellas, esas regiones enormes de gas y polvo en las que sin cesar se forman los nuevos astros. Vemos también la extensa maraña de estrellas maduras, que jalonan nuestros cielos, y podemos ver asimismo el ocaso de la población estelar, a veces en colosales explosiones y otras en conchas de gas en expansión. Toda la vida de las estrellas es visible ante nuestros ojos en la ventana que la Vía Láctea abre para nosotros cada día.

La Vía Láctea, la morada de esa peculiar especie que llamamos humana (y seguramente de otras muchas más, inteligentes o no), pierde en otoño parte de su fuerza luminosa; regresará hacia finales del mes próximo con toda su energía, gracias a constelaciones como Orión.

Si no somos tan estúpidos como parece y podemos sobrevivir a nuestros propios miedos y conflictos (y creo sinceramente que no lo somos), la Vía Láctea nos espera, nos llama, nos tienta con su luz maravillosa.

Sólo tenemos que ir a su encuentro.

(Publicado en El Hermitaño el 5 de octubre de 2005)

19.3.07

El primer paso hacia las estrellas; Voyager 1

La sonda espacial Voyager 1, lanzada en 1977, está ahora casi casi en el límite mismo del sistema solar. Es el primer artefacto humano que ha llegado tan lejos (estamos hablando que 14.000 millones de kilómetros le separan del Sol; en comparación, la Tierra está sólo a 150 millones).

¿Y qué? Bien, no es moco de pavo que nuestra humilde civilización haya podido lanzar, controlar y mantener un ingenio de esas características a tanta distancia. Pero, además, está el hecho sorprendente, para quienes aún no lo habían pillado, que el límite del sistema solar (o, al menos la zona donde su influencia empieza a ser menor) implica que la Voyager dentro de poco será una nave interestelar, no sólo interplanetaria, como hasta ahora: comenzará, por fin, su viaje a través de las estrellas.

Es como si saliéramos por vez primera del cascarón, del caparazón protector que el Sol significa para todos nosotros. Más allá de donde su acción pierde efectividad está el espacio vacío, frío y hostil. La Voyager inicia por tanto una nueva etapa de su recorrido, lejos del amparo solar. Qué le sucederá a partir de entonces es una incógnita, aunque tardará muchos miles de años (quizá millones) en acercarse a alguna estrella.


La Voyager 1, hacia lo desconocido Posted by Hello

En el trayecto silencioso, mientras surca el mar galáctico, la Voyager quizá tenga la suerte de tropezar con algún navío espacial o una pequeña nave de reconocimiento de otra civilización. Entonces habrá un momento mágico, del que nadie de nosotros tendrá noticias inmediatas, cuando dos ingenios producto de mentes muy diferentes y alejadas tal vez mucho en la escala evolutiva se encuentren. La Voyager 1 lleva un disco con informaciones variadas sobre el ser humano y nuestra posición en el Cosmos. Es posible que ese encuentro fortuito entre dos artefactos tecnológicos sea el comienzo de una nueva era de la Humanidad, pero aún deberemos esperar para que ello suceda.

Lo que no quiero imaginarme es que la Humanidad quede muda, por su propia estupidez, antes de que ese momento mágico se haga realidad. Sin embargo, no hay muy buenas perspectivas según lo que estamos viendo en los últimos años. La Voyager 1 es un trozo de hierro, metal y componentes electrónicos que ha aportado mucho al ser humano; a partir de hoy tal vez su aportación sea aún mayor, porque es nuestro primer abanderado en la exploración de las estrellas, el mensajero de una humanidad sorprendente, maravillosa y frustrante al mismo tiempo y que, con el ejemplo del Voyager, muestra al Cosmos el deseo de los habitantes de la Tierra por conocer sus orígenes y su destino.


La Tierra (el punto azul), vista desde la Voyager Posted by Hello

(Publicado en El Hermitaño
el 3 de junio de 2005)

11.2.07

Una maravilla de mundo



Cada día me gusta más el mundo donde vivo. Sus montañas, sus bosques, la frescura del amanecer, el colorido del ocaso, esa percepción de que es eterno, inmutable, que aunque sus moradores más perversos desaparezcamos él seguirá existiendo, ajeno a toda guerra, peste, problema o desafío. La Naturaleza, la Madre, se mantiene viva pese a nuestros intentos de mancillarla, violarla y extraer de ella todo su fruto, al precio que sea.

El mundo es precioso, pero no lo es la gente que él mora. Al menos, no toda la gente lo es. No respetan, no cuidan, no miman a este mundo frágil y delicado, no lo llenan de besos y de abrazos, como debería ser. En cambio, se dedican a devorarlo, a arrancarle su esencia, su ser, y casi siempre acaban satisfechos cuando lo consiguen. Han hecho bien su trabajo.



Pero este mundo es un don, un regalo de Dios; no digo esto por mi inclinación religiosa, de la que carezco por completo, sino tras contemplar los otros mundos cercanos; tienen su propia belleza, por supuesto, pero están lejos de la variedad de color, texturas y ambientes de que disfruta la Tierra. Me repito, pero es un hecho: nada hay en el Sistema Solar, y es un espacio muy ancho, que se asemeje ni remotamente a la belleza de nuestro mundo; ni Marte, ni la Luna, ni los planetas gigantes, ni un cometa, ni por supuesto las rocas vagabundas que son los asteriodes.

Así que este planeta debería ser cuidado con esmero, respetado con ahínco, y sobretodo, amado con devoción; no se trata de un simple cuerpo rocoso formado por agua y piedras, es nuestra morada, el lugar que ha dado cobijo, alimento, y sueños para todo ser humano que en ella ha vivido. Debemos a la Tierra nuestro ser, y se merece un esfuerzo por parte de quienes más daño le están haciendo. Amemos a la Tierra, porque por muy rápido que avancemos en la carrera espacial, va a seguir siendo nuestro hogar. Y un hogar que no se ama es un hogar destinado a desaparecer.

He aquí un pequeño pedazo de este mundo; el lugar donde vive un hermitaño:



(Post publicado el 14 de octubre de 2005 en El hermitaño)

3.2.07

Galaxias, estrellas y el infinito.



Hoy traigo a esta morada blogera una imagen sugestiva; muestra no una región concreta del cielo... sino todo el cielo. Es una representación real de un millón de galaxias situadas allende la nuestra. Cada punto de la imagen, apenas distinguible, constituye una galaxia por derecho propio, un sistema galáctico como el nuestro o mayor aún. Si contásemos las galaxias a razón de una por segundo tardaríamos once días en terminar. Y, ojo, en la imagen están las galaxias más brillantes solamente. En el Universo conocido puede haber algo así como 100.000 veces más galaxias de las aquí mostradas, como mínimo.

100.000 millones de galaxias... y resulta que 100.000 millones de estrellas componen por término medio cada una de esas galaxias. ¿Multiplicamos? Bien, 100.000 millones por 100.000 millones da 10.000.000.000.000.000.000.000 estrellas. ¿Mareo? ¿Sí verdad? Vale, lo diré de otro modo: 10.000 cuatrillones de estrellas. ¿Seguíis mareados? Para que os hagáis una idea más clara: si contáramos una cada segundo, tardaríamos mucho más (pero mucho mucho más) que el tiempo de vida estimado para el propio Universo. O sea, al morir aún estaríamos realmente empezando a contar... .

O sea, y para resumir, que quien mire la imagen estará siendo testigo de una cantidad de espacio, tiempo y materia que excede (y excederá) nuestra comprensión cabal de este Cosmos, enorme y grandioso, en el que vivimos. Estamos viendo en realidad mucho más de lo que podamos contar, mucho más de lo que podemos medir, y mucho más de lo que podemos entender. Pero ahí está él, el Universo, indiferente ante nuestro aturdimiento.

"Hay más estrellas en el Cosmos que granos de arena en todas las playas de la Tierra" decía el bueno de Carl Sagan. ¿Entendéis ahora mejor cuál es nuestro lugar en el Universo? Uno de esos granos de arena es nuestro sol. Sólo uno. Sed conscientes, por tanto, de todo lo que nos espera allá afuera.

(Publicado en El Hermitaño el 28 de junio de 2005)

17.1.07

Una rosa cósmica


Posted by Hello

Situada en la galaxia M33, a unos 2,6 millones de años luz (el vecindario galáctico, como quien dice) este enorme rosa repleta de estrellas es una especie de criadero estelar, en el que las estrellas, rodeadas de jirones de gas, inician su recorrido por la galaxia. La mayoría son astros gigantescos, muy masivos, que explotarán en forma de supernova dentro de poco tiempo (unos cuantos millones de años, un suspiro para el Cosmos). Esas explosiones lanzarán al espacio todo el material que antaño creaba esas estrellas masivas, pero no será materia desperdiciada; al contrario, será aprovechada por otras nubes de gas para enriquecerse y poder formar planetas.

De modo que esta rosa gigantesca será la responsable de un paso extraordinariamente valioso y trascendental para la evolución del Cosmos; la transformación de simples átomos de hidrógeno y helio desperdigados en astros de luz propia y futuro prometedor. Después del nacimiento de las estrellas llegan los planetas; más tarde, quizá, la vida y, de manera improbable pero no imposible, tal vez la inteligencia, en última instancia.

Y todo surge gracias a rosas como esta... .

(Post publicado en "El Hermitaño" el 11-5-2005)