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27.9.09

Bajo la luz de Hércules



Tumbado. La cara mira hacia el infinito. El cuerpo descansa. La mente vuela.

Finales de septiembre. Hércules corre por encima de nuestras cabezas. Está, en la imaginería astronómica, arrodillado ante Ofiuco (el Serpentario), sosteniendo en las manos un mazo y una rama repleta de frutos. Prosigue sus heroicos trabajos, aunque en el firmamento sus miembros parezcan estáticos y su iniciativa vencida por el tiempo y las distancias.

Demos ahora un pequeño paso hacia fuera (es decir, hacia dentro del Cosmos). Vemos cuatro estrellas (algo débiles todas ellas) que configuran un trapecio central. Representan el abdomen del personaje, de cuyos vórtices parecen partir otros tantas espirales estelares (que simbolizan las tres extremidades y el cuello y cabeza de aquel). Con un poco de imaginación, y si la noche no muere extinguida por las luces que no deberían brillar, podemos formarnos una buena imagen de nuestro amigo de las alturas. Un brazo en alto, en posición de ataque, una pierna apoyada en el suelo, al igual que la otra, y otro brazo más, y ya vemos (concebimos, sentimos, vivimos...) su presencia celestial. Las estrellas que dibujan al hercúleo ser se hallan a un paso de nosotros. Entramos en el escenario, y contemplamos la escena y a los personajes...

Ahora otro paso más. Dejamos atrás astros cercanos. En una de las líneas que unen dos estrellas del trapecio se esconde un objeto muy famoso, distinguido con feos nombres (M 13 o NGC 6205). Se trata de un hervidero de estrellas viejas, lo que los entendidos llaman un cúmulo globular. El enjambre está lejos; tanto que podríamos contar por cada segundo cada kilómetro que nos separa de él y necesitaríamos algo así como mil millones de vidas humanas para terminar el recuento... Se supone que hay cerca de un millón de estrellas alojadas allí, en plena armonía gravitatoria y tan apiñadas unas con otras que, de haber planetas alrededor de algunas, sus cielos nocturnos nunca llegarían a ser tales y mostrarían, por el contrario, multitud de luminarias apelotonadas, luchando por brillar más que sus semejantes. Sería todo un espectáculo; un sol radiante y docenas (o centenares) de otros brillando a su lado tanto como la Luna llena. Me gustaría estar allí alguna vez...

El glóbulo de estrellas nos marca el límite de nuestro entorno galáctico, las afueras de una vasta Vía Láctea y su frontera con otras islas de astros. Cerca de M 13 hay una de ellas (NGC 6207), de aspecto alargado y difuminado, ya inaccesible a la visión humana sin auxilio instrumental. Es una isla portentosa, aunque no sea más que una mancha de luz apenas perceptible; contiene centenares de miles de millones de estrellas. Es tan ancha que para recorrerla de punta a punta a la velocidad de un F-16 necesitaríamos un billón años (casi cien veces el tiempo de vida del propio Universo...). Sus brazos espirales, dispuestos de forma semejante a los de la constelación que la contiene, albergan miles de millones de planetas, algunos recién nacidos, otros próximos a la destrucción. Qué seres, o qué cosas, se arremolinan allí, junto las masas de helio e hidrógeno y las atascos de polvo, es algo que probablemente nunca sabremos. Si pudiéramos acercarnos un poco más...

Nos queda un último escalón a superar, una postrera puerta por abrir: la isla deja ahora paso a todo un archipiélago, un soberbio grupo de galaxias que, combinados siguiendo una coreografía cósmica perfecta, nos enseña el Cosmos a la más alta escala que podemos percibir; el racimo de islas (que algunos denominan Cúmulo de Hércules) está dominado por miembros esferoidales, compactas y densas en astros, que parecen presidir el cúmulo y organizar el tinglado galáctico. A su vera aparecen las espirales, graciosas y bien parecidas, que dotan de belleza al sistema, mientras que en ocasiones florecen galaxias de aspecto amorfo, casi deforme, como hijas fallidas de una cópula con progenitores monstruosos. Cada nube de gas y estrellas que forma el grupo tiene tanta materia como nuestra querida Vía Láctea, y es tan prometedora como ella en vida y civilización. Es una lástima que sus ecos inteligentes ni sus canciones alcancen nunca la Tierra y sus oídos gigantes en forma de radiotelescopio... O quizá algún día... Quién sabe.

Me duele el cuello. Mis ojos pierden visión y noto la espalda agarrotada. Hace frío. Es hora de la cama. Cierro la hamaca, recojo los prismáticos y digo adiós. ¿Habrá alguien que, sobre la arena de un mundo lejano, divise astros y galaxias y medite quién (o qué) se arrincona entre el espacio vacío? Debe haberlo. No, lo hay, seguro.

O no. ¿La inmensidad y el espacio eterno vacíos para siempre, entonces? Hércules se agita en su lecho, sacude su maza y mira al serpentario. No puede ser. Ahí hay algo... y alguien.

Brindemos, pues. El encuentro, el hallazgo y la victoria están cerca.

17.12.08

Y más...



El Sol no es una estrella de grandes dimensiones. Muy al contrario, se trata del astro más vulgar y mediocre en cuanto al tamaño que uno puede encontrar en la Vía Láctea. Hay estrellas más pequeñas, desde luego, pero son también muchas las que le superan. Unos ejemplos de astros algo más grandes en comparación (Sirio, Pólux y Arturo, una gigante roja muy similar a cómo será el Sol dentro de unos 4.000 millones de años).

Y, a continuación, algunos monstruos estelares gigantescos; el Sol no es más que un pixel en el dibujo (un punto apenas visible). A la derecha de las tres estrellas mencionadas aparece Rígel y Aldebarán, supergigantes blanca y roja, respectivamente, y las descomunales Betelgeuse y Antares. Pese a su enormidad, estos últimos poseen, realmente, una densidad bajísima; tanto, de hecho, que si pudiésemos atravesar su "interior externo" con una nave espacial casi no percibiríamos nada más que espacio vacío. Estaríamos dentro de la estrella, pero no nos daríamos cuenta.

10.12.08

Comparaciones

La Tierra nos parece un mundo inmenso. Y lo es... para nosotros. Hay planetas vecinos nuestros que son una decena de veces mayores; en su volumen cabrían más de mil tierras. Y el Sol es cien veces mayor que el planeta que nos vio nacer; decenas de miles similares a él podría contenerse en su interior, el de esta estrella que, en realidad, es un astro bastante pequeño.

Pero esto, dicho en palabras, no aclara mucho. Mejor una imagen. En la figura de abajo la Tierra es la quinta esfera por la izquierda; Mercurio ni se aprecia (y eso que es bastante mayor que la Luna). No es de extrañar que consideremos (nosostros ahora que concemos su tamaño y, por intuición sabia, nuestros antepasados lejanos) que el Sol es nuestro astro rey.

7.11.08

Luces de vida y muerte



Estos extraños filamentos de gas violáceo son los últimos restos físicos de una estrella, que explotó hace 160.000 años en las cercanías de la Gran Nube de Magallanes, una galaxia enana satélite de nuestra Vía Láctea.

Esparcidos por el espacio desde la explosión, estos restos atestiguan una muerte estelar espectacular; la estrella que antaño mantenía estos filamentos de gas en su ardiente interior era mucho más masiva que el Sol.

Murió porque fue incapaz de sostenerse a sí misma por más tiempo; era demasiado gigantesca, demasiado descomunal, y los gigantes de gas del Cosmos, aunque espectaculares, viven poco, porque requieren mucha energía, y las despensas se agotan pronto. El Sol, aunque más modesta, está destinada a vivir miles de millones de años más, hasta una vida total de casi 10.000 millones de años.

Sin embargo, esta materia expulsada al espacio, como el postrero signo de la existencia de una estrella masiva, será de nuevo útil en el Universo; servirá para otros astros, que adherirán el gas en expansión, rico en elementos pesados (los que permiten la formación de planetas y vida), a su propia creación, con el resultado de una constante perpetuación de la materia, entre puentes temporales de millones de años. Una estrella muere y el reciclaje cósmico se pone en marcha; con el tiempo, nuevas estrellas heredarán esos mismos materiales, prolongando la vida del Universo y permitiendo, entre otras muchas cosas, la presencia de este mundo azul y las innumerables especies animales y vegetales que lo pueblan.

(Publicado en El Hermitaño el 25 de octubre de 2005)

13.9.08

Vientos de furia



Como una gigantesca burbuja en suspensión entre nubes de gas y vientos huracanados, esta extraña formación cósmica, llamada prescisamente Nebulosa Burbuja (NGC 7635, en Casiopea), nos indica que, a miles de años luz, está teniendo lugar un enfrentamiento galáctico: la nebulosa en forma de burbuja poco a poco se disuelve en el espacio como consecuencia de los fuertes vientos estelares que proceden de una estrella gigante cercana. La radiación que emite la estrella es tan potente, de hecho, que en un abrir y cerrar de ojos la concha de gas se difuminará como una acuarela en un estanque.

Son frecuentes estos vientos tan violentos. A veces, en zonas de formación de nuevos planetas, las estrellas jóvenes fogosas generan unos vientos estelares de tal magnitud que destrozan el caparazón gaseoso y de polvo que protege a los planetas embrionarios, situados en otros sistemas estelares más modestos, de modo que quedan, desnudos, a merced de las intensas radiaciones. El resultado es la disgregación de la materia y la imposibilidad de crear nuevos mundos.

En el caso del Sol parece ser que no tuvimos cerca uno de estos gigantes, porque la evidencia de nueve planetas (sería mejor decir ocho...Plutón ha dejado de serlo) así lo atestigua. Además, la presencia de vida en uno de ellos es también un indicio de que, en todo el tiempo de existencia de este Sistema Solar, no ha sufrido grandes cataclismos. En caso contrario, quizá no estaríamos discutiendo esto...

(Publicado en El Hermitaño el 7 de noviembre de 2005)

8.7.08

Término



Adiós, estrella. Resplandeces con los últimos rayos de tu luz mortecina y solitaria. Acabas tu vida, finalizas el camino, sientes que has llegado al término. Rebotas sobre tí misma, te inmolas para deshacer la materia que has robado de otros lugares, y la expulsas en una orgía de gas. Nutrirás el vacío allá por donde pases, en tu postrera expansión, y los embriones estelares agradecerán tu aportación. Sales al exterior, declinas toda invitación, sabes que se acerca el clímax, anhelas el momento de expirar.

Has concluido el recorrido que te marcaste; te sientes orgullosa, feliz, por haber cumplido contigo misma. Has sorteado dificultades y enfermedades, has dejado escapar lágrimas de vapor, pero en tu juventud nada fue capaz de pararte. Fogosa, rebelde, enérgica y descarada, iluminaste la oscuridad con relámpagos y centellas. Había muchos otras a tu alrededor, pero no brillaban; y las que hacían, carecían de la chispa, la marca que señala a las que tienen algo especial. Tú tenías esa marca, y la lucías como nadie.

Ahora te apagas, te marchitas y te desvaneces; pero el tiempo siempre ha llegado lento hasta tí, como adormecido, y apenas te ha afectado. Aún resta media eternidad para tu adiós. En el tránsito hacia el ocaso perenne, mutarás por fin y arrojarás tu ser a la inmensidad. Otras recogerán tu semilla, aunque tu fruto era único en toda la Creación. Rodeando astros, esquivando cometas de largas cabelleras, absorbiendo guijarros interplanetarios, escaparás para siempre, y tu esencia, la que nos hizo enloquecer, se confundirá con los pársecs y los eones, para escindir este mundo en dos y partir hacia el infinito.

Nos veremos allá lejos, donde nada tiene nombre y donde todo es idea, sentimiento y verdad.

(Publicado en El Hermitaño el 28 de noviembre de 2005)

14.4.08

Alfa Centauri; unos vecinos con aires de superioridad

Tenemos como vecinos estelares más próximos a unos que aunque quizá no se vanaglorien por poseer una familia planetaria tan extensa como la de nuestro Sistema Solar, sí se sienten orgullosos por formar parte de un grupo de estrellas allá donde nosotros sólo tenemos una; desde un punto de vista astrofísico, el sistema de Alfa Centauri nos lleva la delantera. Son tres estrellas prometedoras contra la solitaria figura de nuestro Sol.

Es como si de los vecinos arrogantes de enfrente se tratara. Nosotros sólo tenemos un hijo; ellos tres. Y no intentan precisamente evitar la situación de deshonor que creen que ello supone para nosotros. En absoluto, siempre que pueden nos lo recuerdan. Cada vez que miramos a Alfa Centauri (aquellos que tengan acceso al firmamento meridional, ya que sólo es visible desde el hemisferio sur), su luz brillante y majestuosa (no en vano es la tercera estrella más brillante del cielo) parece sugerir que no olvidemos que en realidad no está sola en el espacio, como el Sol, sino muy bien acompañada por otros dos astros, uno de los cuales es casi un calco de ella y un otro que, aunque tenue e insignificante, cierra y armoniza el círculo estelar de todo su sistema.

Esta afrenta cósmica nunca hubiese tenido lugar si los astrónomos de la Tierra no estuvieran tan entusiasmados en observarlo y descubrirlo todo. Tras efectuar una serie de mediciones de la paralaje de Alfa Centauri (también llamada Rigel Kentaurus)[1], en 1840 se llegó a la conclusión de que esta estrella estaba muy cerca, mucho más que ninguna otra conocida. De hecho, el ángulo de la paralaje medido era muy grande, de 3,75 segundos de arco, lo cual correspondía a una distancia de nosotros extremadamente corta; sólo 4,3 años luz. Alfa Centauri se convertía así en la estrella más próxima al Sol.

Los análisis de su luz mediante el estudio de su espectro nos mostraban a una Alfa Centauri muy poco extraordinaria. Se trataba de un astro que, a priori, era muy similar al Sol. Su tipo espectral era G2V, exactamente el mismo que el de nuestra estrella, es decir, una enana amarilla corriente que pertenecía a la secuencia principal (una larga fase en la vida de las estrellas como el Sol en la que queman tranquilamente el hidrógeno en helio mediante la fusión nuclear). Por tanto, si era tan brillante (magnitud –0,04) era debido exclusivamente a que se encontraba muy cerca. Alfa Centauri tendría asimismo una temperatura superficial casi idéntica a la del Sol, aproximadamente unos 5.800º K, y su luminosidad total no sería mayor que una vez y media la de nuestra estrella. Por otra parte, sus dimensiones, las cuales pueden saberse al conocer su brillo real y su temperatura, era de 1,07 veces la del Sol. En resumen, la estrella más cercana al Sol resultaba ser su hermana gemela.

El problema vino en 1889, cuando los astrónomos de la Tierra pudieron descubrir que esta estrella en realidad no estaba sola en el espacio; tenía una compañera. Para más inri, esta segunda estrella es muy parecida a la primera, casi como su verdadera gemela. Ambas, como buenas hermanas, giran una en torno a la otra, como si jugasen eternamente al corro, en un periodo de unos 80 años, aproximadamente una vida humana. A veces se acercan hasta sólo 15 unidades astronómicas (15 veces la distancia Tierra-Sol), mientras que otras se separan al triple de distancia, tal vez debido a rabietas infantiles incontrolables. Esta segunda componente es un poco menos brillante (magnitud 1,17) debido a que es un poco menos masiva (0,85 veces la masa solar, en comparación con las 1,1 veces la masa solar de Alfa Centauri A), lo cual unido a su superior tamaño (1,22 veces el radio del Sol), provoca una temperatura más baja, de acuerdo a su tipo espectral (K1V).

Así, el Sol se quedó aislado, desamparado: Alfa Centauri tenía su propia gemela (figura 1), despreciando como tal al Sol y relegando a este a una vagabundeo solitario para siempre. Pero la humillación aún no había acabado. Si no era ya suficiente irritación para el Sol tener que pasar a un segundo plano dentro de la población de estrellas cercanas a él por su carácter estelar antisocial y su apatía a compañerismos de cualquier clase, las cosas iban a empeorar con el descubrimiento de Proxima Centauri. 1915 es un año que se recuerda con entusiasmo por muchos científicos terrestres porque fue el momento cumbre de Albert Einstein (1879-1955), al completar su teoría de la relatividad en las aulas del Kaiser Wilhelm Institute de Berlín. Pero ese mismo año también se recordará como el que acabó de martirizar al Sol como ermitaño estelar. Aunque separada unos 2 grados de distancia de la pareja de Alfa Centauro, el descubrimiento de Proxima Centauri, cuya paralaje arrojaba un valor de 0,89 segundos de arco (lo que traducido equivalía a 3,65 años luz, aunque posteriormente se afinó el valor correcto hasta 4,27 años luz), hizo temer que se tratara de otra compañera de la ya ex-gemela del Sol. Si Proxima hubiese sido observada al otro lado del firmamento estrellado no hubiera habido motivos para sospechar conexión alguna, pero su cercanía al par principal y la distancia casi idéntica llevaron a los astrónomos a sugerir su posible relación con Alfa Centauri.



Figura 1: comparación entre el Sol y Alfa Centauri, a escala. (K. Croswell).

¿Es cierta esta relación? Lamentablemente, parece que sí. En los aledaños interestelares de la región del espacio que rodea al Sol la distancia media que existe entre dos estrellas independientes es de aproximadamente 7 años luz. La separación entre Alfa Centauri y Proxima Centauri es de sólo 0,19 años luz, ochenta veces menos. Esto puede dar una idea de la posible ligadura entre el sistema mayor y esta pequeña componente, tan tenue que es necesaria observarla con telescopio.

El Sol y sus vecinos
Sol- AlfaCentauri A- AlfaCentauri B- Proxima
Color Amarillo Amarillo Anaranjado Rojo
Tipo espectral G2 G2 K1 M5
Temperatura 5800 K 5800 K 5300 K 2700 K
Masa 1.00 1.09 0.90 0.1
Radio 1.00 1.2 0.8 0.2
Luminosidad 1.00 1.54 0.44 0.00006
Distancia(años-luz) 0.00 4.35 4.35 4.22
Edad (miles de millones de años) 4.6 5 – 6 5 – 6 ~1?

Tabla 1: algunas características del Sol comparadas con las del sistema estelar de Alfa Centauri.

No obstante, al conocer la edad de Proxima (de alrededor de mil millones de años, una quinta parte de la del Sol o la pareja Alfa Centauri) ha habido dudas al respecto. Si se supone que las tres estrellas se formaron en grupo ¿cómo es que Proxima es tan joven? Además, este astro tiene un comportamiento extraño; en ocasiones aumenta drásticamente su luminosidad, lo cual evidencia una naturaleza distinta al par principal. ¿Qué le ocurre a Proxima, por qué motivo muestra esas alteraciones? ¿Se siente acaso discriminada al no ser tan grande, luminosa y espléndida como sus dos hermanas (figura 2) y por ello lanza esos berrinches en forma de luz y radiación desatada?



Figura 2: Alfa Centauri, en una fantástica fotografía del DSSS. (DSSS Project)

Pobre Sol. Ha quedado relegado a un lastimoso segundo plano. Ahora sus presuntuosas e insolentes vecinas alardean constantemente de su superioridad, de su “familia”. No obstante, el Sol replica a su favor que posee al menos un planeta con vida, y además, vida inteligente. ¡Ja! ¡La cagaste, Alfa Centauri!. Pero, en realidad, parece que la historia tiene un final feliz sólo de momento. Las características físicas de Alfa Centauri son prometedoras para buscar vida en algún planeta que pueda tener. A medida que se avance en el desarrollo de nuevas técnicas de detección de exoplanetas, uno de los lugares más obvios dónde buscar será precisamente en las estrellas parecidas al Sol que estén cerca. Y la mejor candidata, claro, es Alfa Centauri. Se puede argumentar en contra el hecho de que esta estrella sea un sistema doble cerrado, pero tampoco faltan las investigaciones teóricas que sugieren que incluso en esas circunstancias, la vida puede florecer. Si a ello le sumamos el hecho de que las dos Alfa Centauri van a vivir casi tanto como el Sol, entonces las probabilidades de que, en algún momento, pueda originarse vida en planetas que las orbiten son, quizá, muy altas. ¿Vida inteligente? No es muy probable, pero Alfa Centauri ya ha dado muchas sorpresas. ¿Quién dice que, tal vez, no hiera una última vez y para siempre el amor propio de nuestro infeliz Sol?

- Bibliografía y direcciones de interés:

- Alfa Centauri, S. Pellegrini, ASTRONOMÍA, sección Estrellas y constelaciones, págs. 12-13, Orbis, 1992.
- http://homepage.sunrise.ch/homepage/schatzer/Alpha-Centauri.html

[1] La paralaje es una técnica astronómica que permite, midiendo la variación de la posición de un objeto sobre el fondo estrellado a lo largo de un periodo grande de tiempo, conocer su distancia.

16.9.07

Enjambres cósmicos



¿Alguien ha sufrido insomnio en estas noches veraniegas? La solución es fácil: imaginaos un cúmulo globular como éste, M 22, en la constelación de Sagitario. Un cúmulo globular es un aglomerado de estrellas, miles, decenas o centenares de miles de ellas todas apiñadas en torno a un centro de gravedad común, como un enjambre de abejas.

Si el sueño no os llega empezad a contar, ya no ovejas saltando una valla, sino las estrellas que este cúmulo contiene, y os aseguro que antes de diez minutos estaréis roncando como troncos. Si no, al primero que llegue a las 200.000 estrellas (sin trampa...) le regalo un llavero astronómico.
(Claro que me curo en salud puesto que para cuando alcanzéis las 200.000 estrellas ya será de día de nuevo...ja)

P.D.: M 22 es un cúmulo globular muy fácil de ver en verano si miráis hacia el sur; a veces es visible a simple vista, aunque muy débil. Coged un par de prismáticos corrientes y recorred esa zona desde un lugar oscuro. A muchos les falta el aliento cuando miran allí.

(Publicado en El Hermitaño el 22 de julio de 2005)

9.6.07

'Una estrella para el futuro'



El Sol ha sido la base de la evolución de la vida en la Tierra. Sin él nada estaría hoy vivo. Su historia es bastante sencilla, y de ella se desprende que si queremos sobrevivir en este mundo, dadas nuestras necesidades de energía, deberemos dirigir nuestros esfuerzos a extraer de su luz el máximo rendimiento posible. La energía procedente del Sol es la energía del futuro.

Destellos de luz inundaban por doquier el espacio galáctico. La mayoría de astros que existían por aquel entonces, en la infancia más tierna del Universo, eran de gran envergadura, gigantes de gas que se habían autoalimentado gracias a la recién formada y abundante materia. Nacían como colosos gaseosos, pero un coloso requiere mucho alimento, y las despensas estelares que cada uno de ellos poseía en su interior menguaban pronto. Cuando, privado del necesario combustible para proseguir su existencia el coloso reparaba en la inexistencia de recursos, se encerraba sobre sí mismo y sufría un atroz colapso, expulsando al espacio toda la materia que durante millones de años había ido formando en su seno, en un cegador destello de proporciones cósmicas.

Esta materia expulsada vagaría lentamente por entre los demás colosos, los cuales tarde o temprano seguirían la misma suerte. Los destellos luminosos, visibles desde los confines más alejados del joven Universo, eran como los fuegos artificiales que anunciaban el fin de una era y el comienzo de otra. A partir de ese momento los astros serían diferentes. Menos grandiosidad y más longevidad. Iban a formarse astros pequeños, con despensas reducidas pero mínimo consumo, los cuales podrían brillar y mantenerse estables a través de los largos eones de tiempo.

La materia expulsada por los colosos enriqueció difusas nubes de gas que se hallaban entre los brazos espirales de la Vía Láctea, recién aparecida en el escenario del Universo. Una de tales nubes había estado arremolinando gas y polvo durante mucho tiempo, y sólo necesitaba una nueva andanada, un nuevo estallido cercano para que su onda de choque comprimiera sus materiales y los calentara hasta hacerlos brillar. Para ello se requería un último coloso en explosión, la precisa aportación de energía para que la chispa prendiera.

Ello tuvo lugar hace unos cinco mil millones de años. La nube de gas y polvo en rotación aumentó espectacularmente su temperatura central, hasta que en un instante mágico alcanzó los quince millones de grados, y de su núcleo salieron las primeras partículas de luz, que iluminaron el espacio circundante, el cual había vivido en tinieblas desde tiempos inmemorables. Así nació una estrella llamada Sol.

De su aparición el Sol primitivo sólo conservó jirones de gas, que poco a poco se desprendían de él, como la crisálida se desprende de la nacida mariposa. La vida posterior del Sol fue un largo proceso de estabilidad, únicamente roto por ocasionales estallidos de actividad frenética, como violentas erupciones de gas y grandes y brillantes llamaradas, que rompían el transcurrir tranquilo del Sol. Sin embargo, el Sol no nació solitario; con él aparecieron una serie de cuerpos heterogéneos, producto de los restos de la formación de la estrella. En unos casos se desarrollaban mundos de gas, enormes y majestuosos, situados a gran distancia; en otros, mundos pequeños de roca, casi como pedruscos en comparación con los otros, la mayoría anclados cerca del astro principal. Se les llamó planetas (figura 1).

Los planetas, además de variados en tamaño y composición, también lo eran en muchos otros aspectos. Realmente no había dos planetas iguales, ni por cuestiones orbitales, ni físicas ni geológicas. Había unos pocos de ellos que ocultaban su superficie a la vista, como recelosos de ojos ajenos, y por el contrario otros dejaban al descubierto cualquier detalle. En poco tiempo, la familia del Sol se convirtió en una generación planetaria tan variopinta que muchas otras familias estelares sintieron cierta envidia. Aquella estrella amarilla corriente había conseguido una prole bien provista, en cantidad y en calidad.



Figura 1: la familia planetaria del Sol; la estrella (arriba a la izquierda) está acompañada por cuatro planetas interiores (Mercurio, Venus, Tierra y Marte, el primer arco de imágenes) y cuatro planetas gaseosos gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, segundo arco de imágenes) y Plutón (arriba a la derecha). (NASA)

Por alguna razón hoy ignorada, hubo planetas que se mantuvieron estériles desde su origen, vacíos de cualquier representación de vida. El Sol hizo lo imposible por dotar de tan alta cualidad a sus descendientes; los grandes mundos habían absorbido todo el material solar gaseoso residual, que era mucho, y con descargas eléctricas descomunales, rayos y centellas procedentes de las altas atmósferas planetarias, se intentaba por todos los medios dotar del hálito de la vida a las reuniones de moléculas orgánicas, que llenaban el mar de gas en los planetas gigantes. Pero fue en vano. Por su parte, en los planetas pequeños también hubo problemas. Algunos de ellos carecían de atmósfera protectora, y cuando la había era muy tenue, que no impedía la llegada a la superficie de radiaciones cósmicas dañinas. En otros casos era tan espesa y densa que el calor del Sol nunca se perdía, con el resultado de un planeta achicharrante, capaz de fundir los metales más consistentes.

El Sol insistía una y otra vez, pero parecía que la vida no arraigaba. Hasta que, en un momento dado, en un planeta en principio no más prometedor que otros, sucedió el milagro. El mundo, el tercero desde la estrella, estaba a una distancia apropiada, era relativamente grande, con una atmósfera aceptable, y tenía amplias zonas recubiertas de un elemento líquido que tal vez podía ser útil para que la vida finalmente echara raíces.

Y así sucedió. Las moléculas orgánicas de los mares poco profundos del planeta, llamado Tierra, consiguieron gracias a las radiaciones que llegaban del Sol y los relámpagos del planeta unirse en una forma de vida primitiva y simple; algas microscópicas compuestas de una sola célula. Estas algas podían hacer copias de sí mismas, y en poco tiempo las charcas y mares someros de la Tierra albergaban toda la base biológica del planeta, que iba a desarrollarse lenta y trabajosamente durante los siguientes millones de años. Los seres unicelulares se agruparon en grandes colonias de células, con nuevas funciones y características, que les permitieron adaptarse mucho mejor al ambiente acuático. Los peces más primitivos aparecieron hace unos seiscientos millones de años, a los que siguieron las plantas de tierra firme, los insectos, anfibios, reptiles, árboles y finalmente las aves. Durante más de dos mil millones de años no hubo en la Tierra nada más que algas y bacterias flotando en húmedos estanques, pero en cuanto llegaron las demás formas de vida, la evolución biológica inició un despegue espectacular, produciendo una enorme variedad de cosas vivientes. A partir de estas pudieron desarrollarse los grandes animales, tanto en tierra firme como en el medio acuático, como dinosaurios y cetáceos. La extinción de los primeros por grandes cataclismos venidos del espacio en forma de asteroide y en la propia Tierra por la emisión de gigantescas cantidades de lava que abrasaron una superficie varias veces superior a la de la Península Ibérica, favoreció a unas tímidas y peludas criaturas de sangre caliente, los mamíferos. Algunas de ellas colonizaron los árboles tras varios millones de años de adaptación, dando lugar posteriormente a los primates. De una rama concreta de los primates aparecieron unos seres peculiares, sin características físicas destacables, pero con cierta inteligencia, mucho mayor de la de los demás parientes simiescos. Pronto aprendieron a controlar las llamas y hogueras, a utilizarlas para cocinar alimentos y ahuyentar animales. Más tarde fueron capaces de formar tribus, colonias de primates que se reunían para mantener lazos afectivos y ayudarse en tareas domésticas. Iban de un lugar a otro, en busca de comida y cobijo, y para cuando enterraron a sus semejantes y comprendieron el significado de la vida y la muerte, se convirtieron en seres humanos. El Sol, a ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia, vio con satisfacción que la vida había tomado conciencia de sí misma. Su familia podía enorgullecerse, la inteligencia tomaba las riendas en un mundo en que hasta ese momento todo había sido consecuencia del destino y de procesos naturales.

A velocidad de vértigo se sucedieron las distintas generaciones de seres humanos; pocos en un principio, se fueron reproduciendo sin cesar. Las condiciones climatológicas, las cuales eran generalmente bastante adversas, cambiaron de súbito durante un periodo de tiempo indefinido, y los seres humanos empezaron a creer en su buena suerte. Mejoraron las condiciones de vida, aprendieron a sembrar los campos, ocuparon enormes extensiones de tierra firme, colonizándolas y transformándolas para su beneficio y bienestar. Las tribus se convirtieron en colonias, y las colonias en poblados. El uso de fuentes de energía cada vez más rentables posibilitó un avance sin precedentes; los seres humanos ya eran capaces de obtener todo aquello que quisieran. Alimentos, materias primas para construcciones, armas, ropajes, todo salía de la tierra, de un modo u otro. Los humanos también se iniciaron en el arte de la tecnología, construyendo artilugios y cachivaches rudimentarios al principio pero instrumentos perfeccionados poco después, que sirvieron para aumentar aún más si cabía la producción y el bienestar. La evolución de la inteligencia era a todas luces mucho más rápida que la evolución biológica. El Sol vio con asombro cómo aquellos seres que hacía un microsegundo saltaban alegremente de árbol en árbol habían conseguido edificar enormes construcciones de metal y vidrio que rozaban las nubes del cielo. Expandidos por todo el planeta, los humanos no tenían limitación alguna. Superando cualquier otra forma de vida jamás vista sobre la Tierra, habían podido colonizar todo un mundo, todo un planeta, para su propia evolución.

Pero el Sol también sufrió; desde la lejanía vio cómo el producto último de la inteligencia consumía mucha materia prima, mucha energía procedente del interior de su planeta en forma de oscuras sustancias orgánicas llamadas petróleo y carbón, y que en última instancia no era sino materia viva pero ahora muerta que se había acumulado tras un enorme periodo de tiempo. La inteligencia ya no sólo usaba la materia para su beneficio; también empleaba la propia vida, tanto viva como muerta. Cada vez había más seres humanos, que en su alto nivel de vida requerían ingentes cantidades de energía; la mayoría, sin embargo, no disponía de ella. Sólo eran unos pocos poblados los que la empleaban con desenfreno. Otros aunque la tenían en su región la cedían gustosamente a los poblados mayores. El Sol no entendía por qué; miraba a esas gentes y las veía mucho más necesitadas de energía que sus vecinos ricos, pero así funcionaban las cosas en ese planeta. Llegaría un momento en que toda esa energía almacenada en la tierra devendría escasa: ¿qué harían entonces los poblados de la Tierra? (figura 2).



Figura 2: el incremento de la necesidad de energía en la Tierra ha sido exponencial en los últimos años; el petróleo sólo será útil durante un siglo, aproximadamente. Pero, ¿luego qué? (A. Baracca)

La inteligencia humana comprendía el origen de esa energía, la cantidad existente y la demanda necesaria; sabía por tanto que en un abrir y cerrar de ojos el fin de esa energía llegaría pronto. ¿Había alternativas? ¿Tenían algún otro recurso a mano que pudiera suplirlas? No. En realidad sí los había, pero no se habían dedicado a investigar suficientemente a fondo la cuestión. ¿Cómo era posible, por qué no ponían todos los medios necesarios para desarrollar la tecnología elemental y así despreocuparse para siempre de problemas energéticas. El Sol de pronto lo comprendió. Había otros motivos, en nada relacionados con la evolución del ser humano como especie, sino en la evolución de poblados, de países concretos. Unos querían crecer al máximo, ser importantes, pero no querían lo mismo para los demás. Mientras la energía procedente de la vida muerta fuera el motor del planeta, esos pocos poblados no tendrían rival, porque esa energía era de ellos. En cambio, la energía que se podía obtener por otros medios era universal, no estaba limitada ni cercada por barreras físicas o por problemas burocráticos o políticos.

El Sol palideció al comprenderlo. La inteligencia humana, que tan arduamente había sido forjada a partir de simples moléculas orgánicas, que tenía tras de sí una historia de cuatro mil millones de años de evolución biológica y quince mil millones de años de evolución cósmica, que tenía sus raíces en el Sol y en la explosión de colosos de gas en los principios de los tiempos, prefería la avaricia y la codicia a la concordia y bienestar de todos los seres del planeta. Ardió de ira, enrojeció hasta arrojar lenguas de fuego y plasma al espacio interplanetario, y entendió que, aunque maravillosa, la inteligencia tenía defectos; algunos de ellos son tan graves que pueden hacerla desaparecer.

Y, sin embargo, la solución a los problemas en la Tierra era sencilla. Una estrella es una fuente inagotable de energía. El Sol enrojeció aún más. ¿A qué esperaban, pues, los seres humanos?

17.1.07

Una rosa cósmica


Posted by Hello

Situada en la galaxia M33, a unos 2,6 millones de años luz (el vecindario galáctico, como quien dice) este enorme rosa repleta de estrellas es una especie de criadero estelar, en el que las estrellas, rodeadas de jirones de gas, inician su recorrido por la galaxia. La mayoría son astros gigantescos, muy masivos, que explotarán en forma de supernova dentro de poco tiempo (unos cuantos millones de años, un suspiro para el Cosmos). Esas explosiones lanzarán al espacio todo el material que antaño creaba esas estrellas masivas, pero no será materia desperdiciada; al contrario, será aprovechada por otras nubes de gas para enriquecerse y poder formar planetas.

De modo que esta rosa gigantesca será la responsable de un paso extraordinariamente valioso y trascendental para la evolución del Cosmos; la transformación de simples átomos de hidrógeno y helio desperdigados en astros de luz propia y futuro prometedor. Después del nacimiento de las estrellas llegan los planetas; más tarde, quizá, la vida y, de manera improbable pero no imposible, tal vez la inteligencia, en última instancia.

Y todo surge gracias a rosas como esta... .

(Post publicado en "El Hermitaño" el 11-5-2005)

26.10.06

Nacimientos estelares



Cuando esas gigantescas columnas gaseosas de hidrógeno ionizado, situadas en la nebulosa Águila (M 16, en la constelación de Sagitario) colapsen, de ellas brotarán nuevas estrellas. La nebulosa, que brilla por la luz, potente y fogosa, de astros recién nacidos en el interior de la propia nube, irá dispersándose con el tiempo por el espacio a medida que su materia toma forma y cada astro inicia su propio camino en su recorrido a través de la Vía Láctea, nuestra galaxia.

Como un criadero estelar, M 16 alberga en su seno la materia, a partir de la cual, no sólo se formarán estrellas, sino también (en el caso de que los feroces vientos estelares que expelen los astros jóvenes no lo impidan) planetas y, tal vez vida, en algunos de ellos. Quizá, a medida que astros masivos vayan evolucionando en las cercanías de la nebulosa, en un futuro lejano de varios millones de años, acaben por explotar en forma de supernova y enriquezcan el espacio con el fruto de su interior; este puede que sirva posteriormente, al estar constituido por elementos pesados (que no se hallan en el espacio ordinario), para elaborar planetas rocosos con agua líquida en sus superficies, alrededor de otras estrellas aún por nacer: y, de ahí, puede que la vida tome forma para seguir la senda de la evolución biológica y convertirse en conciencia. Quizá, de una nube de gas y polvo como M 16 nació la Tierra y, posteriormente, la vida que en ella florece hoy.

Quizá estemos observando lo que fue nuestro propio origen, hace 5.000 millones de años.