25.3.08

El camino del hombre



Nuestro sendero vital se engarza con el de las estrellas. Tanto nosotros como ellas partimos de un único punto de energía, en el primer instante de la eternidad. Tomamos forma a partir de la creación sideral, y nuestra conciencia acabó por prender, por fin, en el espacio casi sin sustancia. A muchos eones vista, el destino es el mismo origen; fusionarnos con la materia y la imaginación del Cosmos. Somos los descendientes de las estrellas, pero ¿cuántos de los hombres se atreven a brillar con luz propia? Muchos de los que nos rodean prefieren hacerlo con luz opaca, existiendo como simples reflejos inútiles de portentosos fuegos ajenos. Si procedemos, en efecto, de lo alto, de lo más alto y glorioso que jamás haya existido, hay que honrar a nuestros ancestros, y nada mejor para hacerlo que resplandecer por nosotros mismos.

(Publicado en El Hermitaño el 21 de octubre de 2007)

7.3.08

Tierra y Luna



Sensacional perspectiva de la pareja de mundos más entrañable para la especie humana (con el permiso del Sol, naturalmente). Es casi un milagro observar cómo todo un planeta, con su vida e historia, puede ser visto como algo tan exiguo en la oscuridad del espacio. ¿Quiénes creemos que somos, con nuestra arrogancia y chauvinismo, si en realidad todo lo nuestro, todo aquello que nos ha sucedido como especie, puede encapsularse dentro de esa esfera azul y blanca, apenas formada por unos puntos de luz?

El Universo sirve para mucho; sobretodo, para destacar que el orgullo y la insolencia de los humanos, la creencia de que somos algo muy grande, es vana, ingenua y falsa. Somos importantes de puertas adentro, pero al salir al Cosmos, perdemos casi toda relevancia. La lección de humildad es devastadora, pero el escarnio es justo, y real.

20.2.08

Eclipse total de Luna, en la madrugada de hoy



Hoy, a partir de la 1:45 de la madrugada, recibiremos otro regalo mágico del cielo. Hacia las cuatro y media, tras un intervalo de oscurecimiento lunar, quien pueda y quiera verá a nuestra Luna teñirse de un color rojo intenso, como el de la fotografía.

El progresivo oscurecimiento del disco lunar es consecuencia del paso de éste justo por el cono de penumbra. La fase de la totalidad se inicia cuando el disco penetra en la propia sombra de la Tierra, como se ve en la figura siguiente.


(Astroenlazador)

Lástima que en buena parte de España, y desgraciadamente también por las tierras mediterráneas, las nubes no van a favorecer la observación de este espectacular evento. Quizá podamos, al menos, vislumbrar la metamorfosis cromática de la Luna a través de un manto nuboso parcial, a modo de fantasmagórica visión nocturna. Tal vez las nubes ofrezcan una perspectiva más evocadora y sugerente del fenómeno...

Aprovechemos la oportunidad. No podremos disfrutar otra hasta 2010.

Más información:

El cielo del Mes
Astroenlazador

17.2.08

Galileo Galilei, el falso genio (I)

En el ámbito de la Ciencia se tiende a atribuir un reconocimiento un tanto exagerado a aquellos hombres que, aun habiendo realizado notables aportaciones e incluso modificado sustancialmente la visión que se tenía del mundo y el Universo, gozan del rango de "genio" científico. Pero algunas contribuciones de estos "genios" no se basan en experimentaciones, como todo precepto científico establece para considerar las hipótesis como verdaderas, sino que son simples invenciones y ajustes, llevados a cabo para "maquillar" el resultado observacional y realzar la gloria para quien no se la merece o debería tener un "rango" más discreto: uno de estos personajes es Galileo Galilei.

Si mañana nos preguntasen qué sabemos de un tal Galileo, es posible que respondiéramos: "Fue un científico italiano que inventó el telescopio, hizo un famoso experimento en la Torre de Pisa y estableció los cimientos de la investigación moderna, corroborando con pruebas y evidencias sus hipótesis." Sin embargo, la historia de Galileo Galilei (figura 1) no es tan simple, y está repleta de verdades a medias, afirmaciones falsas, invenciones sutiles y un gran egoísmo y prepotencia. Por otra parte, es también cierto que este científico contribuyó de manera decisiva, tal vez por su testarudez y obstinación más que por las evidencias en que se apoyaba, a la fijación de unos cánones por los que circularía la evolución de la Ciencia durante cuatro siglos. Aquí sólo pretendo realizar un pequeño repaso por lo que Galileo realmente aportó desde el punto de vista más crítico posible. Intentaré no caer en amonestaciones excesivamente duras, pero me parece mejor juzgar con severidad al genio que al iniciado. En demasiadas ocasiones, las "autoridades científicas" han impedido el avance de la Ciencia y, en realidad, se han convertido en un estorbo más que una ayuda para comprender el Universo donde vivimos, aunque éste no sea el caso particular que nos ocupa.



Figura 1: retrato de Galileo Galilei en su vejez, con un telescopio en sus manos.

1. Galileo y la torre de Pisa.

Quizá el más famoso de cuántos experimentos se dice que Galileo Galilei (1564-1642) realizó fue el de la torre de Pisa (figura 2). En esa ciudad italiana se encontraba nuestro personaje estudiando en la Universidad cuando apenas contaba veinte años.



Figura 2: la torre inclinada de Pisa, donde al parecer Galileo hizo sus experimentos.

La doctrina aristotélica, que había sido seguida sumisamente por la mayoría de los pensadores a lo largo de casi dos milenios, establecía que los objetos caen con una velocidad que es proporcional a su peso. Es decir, cuánto mayor es, más rápidamente cae el objeto al suelo. Aristóteles pensaba que si se juntaban dos ladrillos y se dejaban caer, el tiempo de llegada sería doble que en el caso de lanzar un único ladrillo.

Según cuenta la historia convencional, Galileo subió a lo más alto de la torre de Pisa provisto con bolas de plomo, oro, cobre y otros materiales. A unos 55 metros más abajo se encontraban expectantes cientos de estudiantes y curiosos y un nutrido grupo de profesores y filósofos de su misma Universidad. Al dejar caer dos bolas de diferente naturaleza, siempre en base a la narración común, todo el mundo pudo contemplar asombrado que ambas bolas alcanzaban el suelo en el mismo instante, echando por tierra el crédito del sistema aristotélico. Resultaba pues que dos objetos de diferente peso tardaban lo mismo en llegar a tierra y, con ello, Galileo aumentó considerablemente su fama.

Pero, aun aceptando que Galileo hubiese realizado realmente el experimento, algo que no está ni mucho menos claro (L. Cooper publicó en 1935 un libro, "Aristóteles, Galileo y la torre de Pisa", donde menciona que no hay documento alguno o prueba evidente que demuestre que fue llevado a cabo), lo que no cuadra de ninguna manera es que los observadores que estaban al pie de la torre realmente viesen como las dos bolas llegaban al unísono al suelo. Y esto no es posible porque existe un factor, el llamado rozamiento del aire, por el que objetos de menor peso serán "frenados" en su caída por esta resistencia. Una bola de plomo, por tanto, llegaría antes al suelo que una de goma y lo que se afirma no sería en realidad más que una leyenda, es decir, una invención perpetuada a lo largo de siglos.

No obstante, según parece el propio Galileo efectuó posteriormente otras pruebas similares donde en efecto demostraba que aquello que impedía que llegaran ambas esferas de diferentes materiales era el rozamiento del aire y no el peso. En otras palabras, Galileo sabía que su concepción era correcta, y así se demostró teóricamente, pero la evidencia práctica era imposible realizarla por el rozamiento del aire.

Importantes y prestigiosos físicos como sir Oliver Lodge en su obra Los pioneros de la ciencia (1893)y George Gamow en Biografía de la Física (1963) afirmaban tajantemente que el experimento había sido llevado a cabo, pese a la opinión de los historiadores de considerar toda el suceso como una simple leyenda.

Puede que lo más sorprendente del caso es que uno mismo puede comprobar experimentalmente que dos esferas, una de plomo y la otra de corcho, por ejemplo, no alcanzan la superficie al mismo tiempo, sino que lo hacen con una diferencia bastante grande. Las premisas de Galileo se basaban en un aparato teórico estupendamente preciso (en realidad se puede comprobar si lanzamos las dos esferas dentro de un tubo de vacío, o como realizaron, si la memoria no me falla, los astronautas en la Luna en alguna de las misiones Apolo), aunque no pudo justificarse con una prueba desde la torre de Pisa debido al rozamiento del aire, pese a los numerosos intentos. Si nos hubieran dicho eso precisamente no habría motivo de queja, pero la típica historia que aparece en multitud de libros de texto y ensayos científicos y donde todo acaba bien porque el genio demuestra la veracidad de sus ideas, es tan falsa como irritante, ya que seguramente si se hubiera tratado de otro investigador y no de Galileo la crónica de los ensayos en la torre de Pisa hubiesen sido verídicos y no tan adulterados. Para completar el cuadro, debe decirse que no fue el propio Galileo quien difundió las ideas de la exactitud práctica de sus reflexiones, sino que se deben a Vincenzo Viciani, un discípulo suyo y a la biografía que escribió sobre su "héroe". De ahí salen muchas verdades a medias y exageraciones de la vida del genio pisano.

2. Galileo y el plano inclinado.

Otra de las aseveraciones históricas sobre los logros de Galileo es la que tiene como protagonista al experimento con el plano inclinado, aspecto que todos los estudiantes de secundaria han estudiado, no sin cierto fastidio en algunos casos. Lo que se nos viene a decir es que si dejamos rodar una bola sobre un plano inclinado (por ejemplo levantando un pedazo de madera o corcho) ésta irá recorriendo en idénticos espacios de tiempo distancias cada vez mayores. Más exactamente, los espacios recorridos serán proporcionales a los tiempos que se emplean en recorrer esos espacios.

Para probar tal valiosa premisa, Galileo empleó una bola de bronce redonda y muy bien pulida y un canal inclinado también pulido al máximo para que fuera lo más liso posible. Galileo afirma que efectuó una cantidad enorme de ensayos con el plano inclinado (él mismo cita casi un centenar de intentos) para demostrar la famosa ecuación (e=1/2at2, o espacio= ½ de la aceleración por el tiempo al cuadrado), base de la ley del movimiento uniformemente acelerado. El hecho de que Galileo hubiese dispuesto su instrumental de una manera tan cuidadosa, minimizando los efectos del rozamiento, culpables de medidas poco fiables, y asimismo repitiendo el experimento tantas veces como él mismo asegura, es considerado como el espíritu científico que todo investigador debe seguir para que sus resultados puedan ser considerados objetivos y fiables. En cualquier libro de Física de secundaria podríamos encontrar casi con total seguridad descripciones de este método tan revelador para determinar con precisión la verdad que subyace en los experimentos y no dejarse llevar por puntos de vista personales o apasionados, que interfieren en saber dónde está lo real y dónde el deseo. Frases como "el cuidado y la genialidad que demuestra Galileo en sus mediciones, representa con certeza una de sus más notables cualidades" son comunes, pero no ciertas. Y no lo son porque el problema se presenta al comprobar que aquel experimento que Galileo supuestamente ha realizado en tantas ocasiones, no fue realmente llevado nunca a cabo. Asimismo, las mediciones precisas que Galileo efectuó son pura invención.

Aunque un contemporáneo de Galileo, el padre Marino Marsenne, constató que no podía reproducir los resultados que Galileo aseguraba, aunque repitió el experimento en las mismas condiciones e instrumentos utilizados por aquel, y Alexandre Koyré, historiador científico, sostiene que en realidad Galileo no lo hizo nunca, muchos siguen en sus trece y mantienen la opinión contraria, pese a que aceptan la imposibilidad de realizar el experimento y cosechar los resultados descritos por Galileo si se emplean sus instrumentos y métodos.

Thomas S. Settle, por ejemplo, defendía en 1961 que Galileo obtuvo unos resultados aproximadamente acordes con los alcanzados a través de experimentos realizados en la actualidad. No eran exactos pero estaban muy cerca de serlo. Stillman Drake fue otro de los investigadores que argumentaba con firmeza que los resultados de Galileo corroboraban que, en efecto, había realizado los experimentos con el plano inclinado. Esto podría llevar a pensar que aquellos cuya opinión es distinta a la de Settle y Drake tienen ante sí el peso de la ciencia, pues ambos son reconocidos estudiosos de Galileo. Deberíamos, por tanto, hacerles caso y pensar que Galileo sí efectuó sus experimentos y logró resultados perfectamente aceptables y dignos de su prestigio científico.

No obstante, si nos apasiona la verdad y deseamos llegar al fondo de la cuestión, no hay autoridad científica que valga si no está corraborada por investigadores independientes y sin intereses (Drake es un destacado especialista sobre Galileo y quizá quiera mantener a toda costa el status de "genio" del científico pisano). Resulta que en realidad lo que nos cuentan Settle y Drake está bastante lejos de la verdad. Settle, en particular, no había efectuado el experimento con las mismas premisas que Galileo, y de esa manera obtenía resultados próximos a los que establecía la ley teórica (debida también a Galileo, por supuesto). Los datos obtenidos en condiciones "controladas" indican bien a las claras que no es posible obtener los resultados de Galileo. De nuevo nos encontramos ante algo singular: el entramado teórico de Galileo era correcto, pero no hizo nunca las pruebas que confirmaran su ley, como nos dice el propio Galileo.

Galileo Galilei, el falso genio (II)

3. Galileo, el barco y la ley del isocronismo del péndulo.

El llamado principio de relatividad galileana establece que no importa si los fenómenos físicos tienen lugar en tierra firme o bien mediante movimiento, pues ocurren del mismo modo y tienen las mismas consecuencias. Si lanzamos hacia el suelo una esfera desde lo alto de una casa llegará a la superficie en línea recta desde el punto de lanzamiento. Si repetimos la experiencia desde el palo mayor de un barco surcando el océano, siempre que éste se mueva con un movimiento rectilíneo y uniforme, la esfera caerá exactamente al pie del palo. Aunque las implicaciones de tal prueba están más cerca de rebatir las ideas aristotélicas al respecto de una tierra inmóvil que la explicar ningún fenómeno físico particular, Galileo admitió no haber realizado tal experimento en ningún momento. Pese a ello, todos los libros señalan que fue un punto importante a favor de que la Tierra se movía en torno a su eje. Pero como la esfera cae a los pies del lugar de lanzamiento no puede decirse si el barco está en reposo o en movimiento, y si se dejan caer desde la azotea de una casa no nos indican tampoco si la Tierra se mueve o está fija en el espacio, por lo que el experimento no aporta gran información y no han motivo alguno de considerarlo como una prueba más a favor de la rotación de nuestro planeta.

Es posible que lo que más moleste sea el tono en que Galileo discute el tema en sus Diálogos. Dirigiéndose a Simplicio, que encarna a los aristotélicos y escépticos (nombre a todas luces despectivo hacia los que no pensaban como él) le dice que, en realidad, "yo estoy seguro de que el experimento tendrá lugar como os digo porque es necesario que así ocurra".

Como reseña Federico di Trocchio en su obra Las mentiras de la Ciencia (de donde he extraído gran parte de la información que aparece hasta aquí sobre los experimentos de Galileo), "es evidente que este proceder no se corresponde en absoluto con la idea del método experimental que nos han enseñado en el colegio y mucho menos con el ideal de disciplina ética y metodológica del científico". No solamente no efectuaba las pruebas para comprobar sus preceptos teóricos, sino que instaba a los demás a creerle porque él debía estar en posesión de la verdad.

También merece la pena citar de pasada otro supuesto experimento que Galileo realizó, el del péndulo. La ley del isocronismo del péndulo, debida también a Galileo, nos informa de que el periodo de oscilación de un péndulo no depende de la amplitud de la oscilación. Para confirmar tal extremo, Galileo habla de una serie de experimentos encaminados a demostrar que "dos esferas conservaban una constante de sus recorridos a través de todos sus arcos", o sea, se probaba la ley del isocronismo del péndulo. Ronald Naylor fue quien mostró que Galileo no había realizado las oportunas medidas que dieran validez a tal ley. De hecho, Naylor repitió el experimento y se dio cuenta de que el resultado era incongruente y no la demostraba en absoluto.

Galileo no ha probado, por consiguiente, ninguno de los cuatro experimentos nombrados hasta ahora, lo que dice bien poco acerca de su método de comprobación "cuidadoso y genial".

4. Galileo y el telescopio.

Por alguna y extraña razón, no hay quizá logro mayor de Galileo que el descubrimiento del telescopio para la observación del firmamento. Resulta cuando menos sorprendente comprobar que, realmente, Galileo ni inventó el telescopio, ni fue quien tuvo la intuición de orientarlo hacia el cielo estrellado y tampoco, por tanto, fue suya la primera exploración del Cosmos.

Debemos remontarnos hasta los primeros años del siglo XVII. Por aquel entonces, Holanda contaba con los científicos de la talla de Christian Huygens (1629-1695), quizá el astrónomo más grande entre la época de Galileo y Newton y uno de los investigadores más prolíficos y fructíferos (ayudó a comprender la naturaleza de la luz sosteniendo una opinión totalmente contraria a la de Newton a este respecto). También encontramos a Anton van Leeuwenhoek (1632-1723), naturalista que perfeccionó los microscopios y, asimismo, podemos tener noticia de un tal Hans Lippershey.

La primera evidencia no ambigua que nos ha llegado referente a la construcción de un telescopio fue la petición de patente por Hans Lippershey en 1608; en ella se nos dice que el portador "reclama los derechos sobre un artefacto por medio del cual todas las cosas a grandes distancias pueden ser vistas como si estuvieran cerca". Lippershey era un constructor de anteojos en Zelanda, una provincia de Holanda, y aunque la patente le fue denegada porque era fácil copiar el invento, apenas tres semanas después ya había otros dos artesanos construyendo sus rudimentarios telescopios, Sacharias Janssen y Jacob Adriaenszoon. El hecho de poder ver barcos enemigos desde largas distancias era, sin duda, motivo más que suficiente para que las grandes potencias navales de la época desearan poder construir telescopios, y pese a los esfuerzos de Lippershey por ocultar su fantástico descubrimiento, en apenas medio año ya había telescopios en España, Francia e Italia.

A mediados de julio de 1609, Galileo se enteró de su existencia y se fabricó uno, de mayor calidad y nitidez que el original holandés. Debemos, por tanto, rechazar la típica frase de "Galileo inventor del telescopio". Casi un año antes que él, este instrumento (que ha revolucionado absolutamente la concepción humana del Cosmos y su lugar en él) se ideó en la mente de un holandés que ahora, ni tan siquiera merece un lugar en las enciclopedias (Existen, además, diversos estudiosos de la época, como John Dee, Giambattista della Porta y el padre e hijo Leonard y Thomas Digges, a los que se les atribuye la invención del telescopio. En todos los casos, sin embargo, no parece haber una evidencia auténtica sino más bien son interpretaciones de los textos que dejaron escritos. Cuando nos movemos en terrenos especulativos, lo mejor es dar cierta probabilidad a cada una de las distintas posibilidades, pero nunca podemos afirmar nada de manera categórica sin más datos o pruebas a favor de una u otra versión).

Otra de las patrañas habituales con relación al telescopio es considerar a Galileo como el primer ser humano en la historia que lo dirigió hacia el cielo, iniciando las observaciones astronómicas con ayuda de este instrumento. Es, por supuesto, una falsedad más.

Hay constancia de un reporte que nos habla de una visita del embajador del rey de Siam al príncipe Mauricio en la Haya, el 10 de septiembre de 1608 en la que se nos informa que ese día tuvo lugar una observación del cielo mostrando que el telescopio descubría estrellas que eran invisibles a la vista humana desnuda. Thomas Harriot, astrónomo inglés, se encontraba realizando un mapa lunar desde el 5 de agosto de 1609, bastante antes de que Galileo efectuara sus reveladoras observaciones telescópicas (descubrió cuatro satélites de Júpiter, las fases de Venus, las manchas solares en nuestra estrella, los anillos de Saturno, etc., aunque todos ellos pueden ser, también, descubrimientos mal atribuidos). De la misma manera, y según John Gribbin, el ya citado Thomas Digges habría estudiado el cielo con el (supuesto) telescopio fabricado por él, y llegó a considerar el Universo como algo infinito. Para llegar a tal conclusión, parece que Digges hubo de observar el firmamento a través del telescopio, según postula Gribbin. Pero de lo que no cabe duda alguna es que Galileo no tuvo nada que ver con la invención del telescopio (sí con su perfeccionamiento, figura 3) y que tampoco fue pionero empleándolo en la contemplación del Universo (¡de ser cierta la hipótesis de Gribbin, Digges habría visto el cielo por el telescopio 35 años antes que Galileo, cuando éste sólo tenía 12 años de edad!).



Figura 3: catalejo construido por Galileo en 1610.

Por lo que respecta a sus logros auténticos, Galileo construyó eficientes relojes, inventó la balanza hidrostática y el termómetro, observó en 1604 una estrella nueva (ahora llamada supernova, así como los importantes descubrimientos astronómicos reseñados más arriba (aunque también se ponen en duda y quizá no habría que considerarlos como hallazgos originales en casi ningún caso, lo que conduciría a otros posibles y numerosos plagios astronómicos por parte de Galileo...). De los cuatro experimentos citados en los apartados anteriores, Galileo fue quien estableció toda la base matemático-física. Si hubiera podido realizar sus correspondientes comprobaciones prácticas y no hubiese alterado el resultado para hacerlo coincidir con lo estipulado teóricamente, podríamos hablar de un auténtico genio científico.Y se le considera, como ya hemos comentado, el padre de la moderna metodología científica, porque consideró (correctamente) que la única manera de conocer objetivamente la naturaleza de los fenómenos físicos era realizar experimentos y pruebas cuando ello sea posible (pese a que él mismo no siguiera escrupulosamente estos propósitos).

Tengo la impresión de que para considerar a algún científico como "genio" éste debe adelantarse a su tiempo, construir un aparato teórico impecable y probarlo con auténticos resultados y, sobre todo, no dejarse influir por la fama, la gloria, la vanidad o el deseo de ser el más grande. El paso del tiempo, y con él la aparición de la Verdad, conlleva necesariamente poner a cada uno en su sitio, sin exageraciones ni invenciones. El de Galileo es sólo un caso, muy notable y de implicaciones profundas, pero la historia de la Ciencia nos ofrece muchos más. Pese a quien pese, la Ciencia no es sólo el mejor instrumento para conocernos a nosotros mismos, el mundo que vivimos o aquellos que moran en la vastedad cósmica, también es, al menos en algunos ámbitos, una disciplina infectada por la enfermedad quizá más penosa de todas, y que amenaza con eliminar el conocimiento objetivo: la mentira.

Si ya estamos rodeados de fraudes, supercherías, engaños y verdades a medias, debidos a algunos campos de las paraciencias, la política o también como cada vez es más evidente en los medios de comunicación, influidos por inclinaciones ideológicas muy alejadas de la objetividad que se les supone, quizá el único medio de conocimiento donde debería reinar la verdad, o al menos la búsqueda de ésta de la manera más fiable y crítica posible, es la Ciencia. Pero hasta el momento la Ciencia también se ha visto involucrada en intereses personales, afán de gloria y un trato extrañamente indiferente hacia los que engañan e incluso no criticando su actitud sino premiándola (como en el caso patético y esperpéntico de Robert Gallo y el virus del SIDA).

Debemos buscar la verdad allá donde nos lleve, sin temor a descubrir lo desconocido e intentar que la Humanidad pueda disfrutar del conocimiento adquirido por más de dos milenios de evolución, pero al mismo tiempo tenemos la obligación de exigir que ese conocimiento no esté adulterado ni manipulado, porque de lo contrario estaremos llenando nuestra mente de porquería intelectual. El saber debe estar, en la máxima medida posible, extento de mentiras, y la Ciencia ha de ser el pilar cultural que inicie ese movimiento por un conocimiento auténtico y genuino.

- Bibliografía:

- La invención del telescopio, Francisco Rodríguez Bergalí, Astronomía, nº 16, octubre de 2000, págs. 76-80.
- Las mentiras de la ciencia, Federico di Trocchio, Alianza Editorial, Madrid, 1994.
- Historia Fontana de la Astronomía y la Cosmología, John North, Fondo de Cultura Económica, México, 1994.
- Diccionario del Cosmos, John Gribbin, Crítica, Barcelona, 1997.

10.2.08

Norteamérica, también en el cielo



Sorprende encontrar en el firmamento nocturno una nebulosa como ésta; es casi exacta al perfil de Norteamérica y la zona del golfo de México, ¿no os parece?. Fijáos como el golfo aparece perfectamente delimitado, con la cuña que supone Centroamérica. Es como si alguien de ahí arriba (es decir, no sé si me entendéis...) hubiera querido jugar con nosotros creando la imagen de lo que en la actualidad es una de las zonas más importantes del planeta.

Algunos patriotas radicales tendrán su visión de lo especial que es América y que por ello Dios la retrata en el firmamento y bla, bla, bla, pero los europeos o los demás habitantes de este mundo no tenemos que sentir envidia. Esta nebulosa es, casualmente, similar a Norteamérica, sí, pero lo es sólo por motivos de perspectiva. Cojamos una nave espacial, vayamos hasta ella, y su forma será totalmente distinta; vista desde otro ángulo, quizá podamos ver el contorno de España, quién sabe.

En cualquier caso, es otro ejemplo fantástico del arte del Universo, de su capacidad de moldear, con las únicas herramientas del gas y la materia, unas formas y figuras que nos maravillan, porque conectan aquello, de allá arriba, con lo que es familiar para nosotros aquí abajo. Hay muchos otras muestras de ello; ya las iré enseñando poco a poco. Para empezar, decir que es posible encontrar desde una huella de un gato hasta un reloj de arena. Imagináos pues la inventiva de este ente llamado 'Cosmos'.

(Publicado en El Hermitaño el 10 de junio de 2005)

2.10.07

'Azarquiel, el pionero olvidado'

Hay en el mundo de la Astronomía algunos personajes históricos que han contribuido de manera muy importante en el avance de esta ciencia y que hoy sólo son recordados por unos pocos expertos o por quienes han estudiado a fondo el periodo en que vivieron. Y, sin embargo, las aportaciones de estos grandes sabios tal vez hayan sido más trascendentales para la Astronomía que muchos de los hoy exaltados y venerados científicos occidentales.

Probablemente nadie ignorará, a estas alturas del conocimiento y difusión cultural, quiénes fueron y qué aportaron al mundo del saber hombres como Copérnico, Galileo, Newton o Kepler, entre otros muchos. Todos ellos consiguieron implantar una nueva visión de nuestro mundo (o de su relación con otros mundos), y son debidamente estudiados y recordados. Ahora bien, en el oscuro periodo que se inicia con el segundo milenio de nuestra era, esto es, hacia el año 1000, hubo una serie de extraordinarios científicos, astrónomos en particular, que fueron capaces de descubrir hechos que, mucho más tarde, serían reconocidos como pilares fundamentales en la comprensión del Universo. Hubo particularmente uno de estos astrónomos, cuya existencia a veces pasa desapercibida en los textos de historia de la Ciencia, que incluso se adelantó, al parecer, a saberes que se conocerían sólo siglos más tarde. Se llamaba Abu Ishaq Ibrahim Ibn Yahya Al-Zarqali o, en su nombre en latín, Azarquiel.

Azarquiel (figura 1), nació seguramente hacia el año 1029, en Toledo. Su nombre, Azarquiel, era en realidad una especie de apodo, con el que era conocido en vida debido a sus intensos ojos azules (zarcos). Ya de joven, Azarquiel mostró ciertas dotes para trabajar con los metales, habilidad que le fue enseñada por su padre, que trabajaba como cincelador. Azarquiel pronto aprendió lo suficiente como para iniciarse en el mundo de la construcción de instrumentos de precisión. Poco a poco perfeccionó sus métodos, llegando a alcanzar un puesto de mucha relevancia en la sociedad de su tiempo, pues proporcionaba todo tipo de instrumentos a los sabios y maestros toledanos.



Figura 1: Azarquiel, retratado en su madurez.

No fue hasta 1078-1080 cuando Azarquiel decidió trasladarse a Córdoba consecuencia de las invasiones cristianas que sufría constantemente Toledo. Gracias a su pasado artesano, Azarquiel pudo ser conocido en muchas partes por su talento en el trabajo manual, pero nuestro personaje estaba decidido a ir más allá e intentar, mediante el estudio del Cosmos, comprender algunos de los mecanismos que movían los astros en los cielos.

Una de las más citadas contribuciones de Azarquiel fueron la compilación de las Tablas Astronómicas de Toledo, en su versión árabe. Sin embargo, resulta un poco paradójico que, en realidad, Azarquiel tuviera una aportación a este respecto bastante intrascendente. Más bien, la calidad y exactitud de las tablas se debe a la labor de dos ayudantes de Azarquiel, Al-Juarismi y Al-Battani. Pero de las Tablas hablaremos al final de artículo con mayor detenimiento.
Azarquiel realizó estudios e investigaciones en varios campos de la Astronomía. Por ejemplo, fue capaz de encontrar cuál era el movimiento del apogeo solar (la distancia máxima entre la Tierra y el Sol). Azarquiel pudo determinar con una gran precisión que el punto del apogeo solar variaba en 1 grado cada 299 años, analizando las observaciones que se disponían al respecto durante los últimos 25 años.

También tuvo Azarquiel interés en el tema de la precesión de los equinoccios. Escribió un trabajo sobre ello, hoy en día desaparecido, en el que describe de qué manera podría explicarse este hecho. Como la Tierra es un astro que recibe la influencia básica del Sol y de la Luna y, en menor medida, de los otros planetas del Sistema Solar, su movimiento de rotación presenta una ligera variación a lo largo del tiempo. En grandes periodos de tiempo, los polos del planeta no se dirigen siempre al mismo sitio, sino que van modificando la dirección a la que apuntan debido al movimiento de rotación terrestre; esto es lo que se denomina precesión de los equinoccios. En el fondo, es como si la Tierra se comportara como una peonza; su eje, a medida que gira, cambia ligeramente (figura 2).



Figura 2: la precesión de los equinoccios. La Tierra se comporta como una peonza en su movimiento de rotación. En un momento dado, su polo norte estará dirigido hacia la estrella A, pero a medida que la precesión va variando la situación del polo, éste cambiará la dirección, de modo que, por ejemplo, aunque hoy en día veamos la estrella Polar muy cerca del polo norte (de ahí, obviamente, su nombre), en el futuro, de igual modo que ha sucedido en el pasado, el polo estará orientado hacia otro lugar en el cielo.

Sin embargo, si hay dos cuestiones en las que Azarquiel realizó las mayores y más trascendentales aportaciones a la Astronomía, éstas tienen que ver con las órbitas de los planetas y la predicción de la aparición de los eclipses y los cometas. En ambos casos, de ser ciertos, se habría adelantado en varios siglos a sus homónimos occidentales.

Todos conocemos que las órbitas de los planetas de nuestro Sistema Solar no son exactamente esféricas. De hecho, al parecer no hay nada perfectamente redondo en todo el Universo; el Sol y la Luna, por más que los percibamos como astros con una forma idéntica a la de la circunferencia, son objetos achatados en los polos. La misma Tierra es ligeramente oblonga.
Las órbitas de los planetas se suponían y aceptaban como esféricas porque concordaban con el ideal de perfección y belleza de la teoría geocéntrica, pero era sólo una suposición. Aunque, por supuesto, los eclesiásticos y todos aquellos que defendían la posición central de la Tierra en el Sistema Solar habrían argumentado que tales órbitas eran esféricas necesariamente, ya que se ajustaban a la perfección con la ideal de magnificencia cósmica que hubiera dispuesto el Creador. Un Universo en el que algo no era geométricamente perfecto no tenía sentido en las mentes del hombre de los siglos medievales (figura 3).



Figura 3: Neptuno, en una imagen de la sonda planetaria Voyager 2. En la antigüedad, las órbitas de los planetas en torno al Sol se creía que eran esféricas. Kepler demostró que no era así en el siglo XVII, pero casi 650 años antes Azarquiel se le adelantó. Sin embargo, hoy en día pocos son los que lo saben. (NASA-JPL)

Sin embargo, Azarquiel tuvo la osadía de considerar la posibilidad de que en realidad las órbitas planetarias no fuesen ni tan perfectas ni tan geométricas, sino que tal vez tuviesen una forma bastante cercana a la de un óvalo, que en esencia no es más que una especie de circunferencia alargada. Algo similar a coger una cinta de goma, de las usadas para el cabello, y estirarlas por dos extremos opuestos. El resultado es un óvalo.

No obstante, una intuición tan notable no tuvo ni mucho menos buena acogida. Aunque esta idea de Azarquiel no era nueva, pues ya los antiguos griegos habían adelantado algo similar, nadie se preocupó de ella ni entonces ni en los años ni siglos posteriores, simplemente porque no había manera de comprobar su veracidad. Fue necesario que Johannes Kepler (1571-1630), bien entrado el siglo XVII, con los conocimientos y adelantos matemáticos propios de su época, quien demostrara que, en efecto, las órbitas de los planetas no eran circulares, sino elípticas. Kepler, con todo el merecimiento, ha sido el símbolo del cambio de pensamiento antiguo al moderno, pero aún así deberíamos al menos valorar en su justa medida el trabajo de Azarquiel, quien ya había aventurado las conclusiones de Kepler casi 600 años antes.
El otro hecho importante que Azarquiel parece haber descubierto mucho antes que lo hicieran los científicos y pensadores occidentales está relacionado con los eclipses y los cometas (figura 4).



Figura 4: el cometa Hale-Bopp, durante su aparición en 1997, en una fotografía obtenida por John Laborde el 15 de marzo de ese mismo año. Azarquiel, casi un milenio antes de la observación de este cometa, consiguió elaborar un método para predecir la repentina y siempre sorpresiva aparición de estos objetos. Sólo Edmund Halley, ya a finales del siglo XVIII, pensó algo similar. (J. Laborde)

Según lo que se deduce del estudio de las tablas de Toledo, Azarquiel estaba en disposición de realizar predicciones de suma importancia dentro de la Astronomía. Las Tablas tenían como función principal la de ofrecer a los astrónomos las posiciones en el cielo de cierto tipo de astros y las fechas en las que tenían lugar determinados fenómenos cósmicos (como las fases de la Luna, etc.). Por tanto, eran empleadas para poder concretar la situación exacta de un cuerpo celeste en épocas futuras. Azarquiel, que tenía en su poder datos precisos sobre multitud de fenómenos gracias a la labor de sus ayudantes, pudo emplear las Tablas para predecir los eclipses solares que sucederían años e incluso siglos más tarde. La precisión de las Tablas era tal que Pierre Simon de Laplace (1749 - 1827), uno de los más destacados matemáticos de la Ilustración, seguía utilizando las observaciones y anotaciones de Azarquiel para realizar los cálculos de las posiciones y predicciones planetarias.

Al parecer, también fue capaz, mediante el análisis detallado de los datos recabados, de poder predecir la aparición de cometas en el futuro. Sobre esto hay que ser, no obstante, un tanto cautelosos, ya que no disponemos aún de los conocimientos necesarios para poder asegurar tal extremo. Resulta posible, a pesar de todo, que Azarquiel pudiera en efecto tener conocimiento de algún procedimiento por el cual llegara a predecir la aparición de un cometa. Si esto fuera cierto, Azarquiel aventajaría en casi 700 años a Edmund Halley (1656-1742), quien comprendió que el cometa que lleva su nombre y que se había observado en 1681 era el mismo que otros astrónomos vieron en 1604, y que retornaría a las proximidades del Sol en 1757. Halley sentó las bases para poder determinar asimismo el año aproximado de retorno del cometa empleando unas pocas observaciones del mismo.

Hoy en día Azarquiel es recordado fundamentalmente por su trabajo en las Tablas de Toledo y por algunas aportaciones instrumentales ingeniosas. Pero en este pequeño artículo, en el que sólo hemos esbozado algunas cuestiones básicas respecto a su figura, hemos visto que los logros del astrónomo cuyo nombre es desconocido para la mayoría de los aficionados (y profesionales) a esta ciencia, son mucho más importantes. Y, además, tiene la virtud de haber imaginado ideas y conceptos que serían aceptados como válidos y correctos sólo con el transcurrir de los siglos. Azarquiel, el mayor astrónomo del periodo islámico español, fue un verdadero pionero del conocimiento del Cielo.

- Bibliografía:

- Historia Fontana de la Astronomía y la Cosmología, J. North, Fondo de Cultura Económica, México, 2001.
- Història de la Filosofía i de la Ciencia, Juan Carlos García-Borrón, Teide, Barcelona, 1991.

16.9.07

Enjambres cósmicos



¿Alguien ha sufrido insomnio en estas noches veraniegas? La solución es fácil: imaginaos un cúmulo globular como éste, M 22, en la constelación de Sagitario. Un cúmulo globular es un aglomerado de estrellas, miles, decenas o centenares de miles de ellas todas apiñadas en torno a un centro de gravedad común, como un enjambre de abejas.

Si el sueño no os llega empezad a contar, ya no ovejas saltando una valla, sino las estrellas que este cúmulo contiene, y os aseguro que antes de diez minutos estaréis roncando como troncos. Si no, al primero que llegue a las 200.000 estrellas (sin trampa...) le regalo un llavero astronómico.
(Claro que me curo en salud puesto que para cuando alcanzéis las 200.000 estrellas ya será de día de nuevo...ja)

P.D.: M 22 es un cúmulo globular muy fácil de ver en verano si miráis hacia el sur; a veces es visible a simple vista, aunque muy débil. Coged un par de prismáticos corrientes y recorred esa zona desde un lugar oscuro. A muchos les falta el aliento cuando miran allí.

(Publicado en El Hermitaño el 22 de julio de 2005)

9.6.07

II Certamen de Divulgación Científica 'Teresa Pinillos'

Vaya por delante que nunca, jamás, he considerado un premio literario/divulgativo/ensayístico como una evidencia irrefutable de la calidad de un texto. Si acaso, sirve para enorgullecer al sujeto premiado, para hacer mayor aún su egolatría y que se considere superior al resto. Pero no ofrecen la seguridad de que lo etiquetado como 'premiado' o 'finalista' o 'ganador' sea algo extraordinario. La de ser jurado es una labor dificil; si hay un nivel general bastante alto, casi eliges a voleo, porque es complejísimo distinguir entre excelencias; de lo contrario, si los textos presentados son horribles, la tarea es sencilla, pero el texto seleccionado no demuestra ser bueno, sino simplemente, que supera por pelos la mediocridad.

Y esto es lo que creo ha sucedido en mi caso. Allá por 2005, en un momento de fiebre escritorzuela sin parangón en mi vida (llegaba a redactar un artículo y un relato por semana, aunque la mayoría no veía nunca la luz...), tropecé con un concurso de divulgación científica organizado por la Universidad de la Rioja. Como la temática era libre (lo cual considero una bendición ya que casi todos los certámenes de ese tipo se ciñen a un asunto en concreto, a veces, demasiado concreto...), y en ese momento acababa de escribir un borrador de un libro de Astronomía sobre el Sol, decidí participar.

El artículo (que publico a continuación) fue escrito en un par de horas (me sabía la vida del Sol de memoria...), mientras escuchaba un par de discos de Led Zeppelin, combinados con unas piezas para arpa... . No me supuso trabajo alguno, y lo envié al concurso más que nada por probar, porque tras una lectura atenta, me di cuenta que tenía algunos fallos. Además, esa personalización del Sol al final del artículo me parecía un poco absurda. Sin embargo, tenía cierto nivel divulgativo (para quien no tiene práctica, no es sencillo condensar toda la historia del universo, del Sol y de la vida en la Tierra en unas dos mil palabras, y además hacerlo de forma inteligible), por lo que en marzo de ese 2005 lo puse dentro de un sobre y lo introducí en un buzón. Casi en ese momento, me olvidé de él.

En el verano del 2006 me llegó una carta asegurándome que el artículo había sido seleccionado como finalista del II certamen "Teresa Pinillos" de divulgación científica. Habían sido presentados 45 ensayos, por lo que teniendo en cuenta que el mío fue escrito en lo que dura una película y que apenas sufrió modificaciones, además del hecho de era la primera vez que enviaba algo mío a un concurso, estar entre los diez mejores es casi un resultado inmejorable. Pero, repito, si entró como finalista fue porque, estoy seguro, los otros trabajos no eran de lo mejorcito de la divulgación española.

Hace un par de semanas recibí un librito de la Universidad de la Rioja en el que aparecían publicados los diez textos seleccionados. Me hacía gracia ver el mío, entre los artículos de licenciados en matemáticas, biología, química. Ellos, doctorandos, investigadores, con docenas de publicaciones científicas, expertos en sus respectivos campos: yo, un sencillo estudiante de Filosofía de la UNED, sin licenciaturas no demás óstias académicas (con algo de suerte aprobaré este primer curso, sin ninguna holgura...), sin tesis doctorales ni investigaciones internacionales.

Me pregunto si, de haber escrito un texto mucho más elaborado, de haberme esforzado un poco más, quizá hubiese ganado el primer premio (ofrecían unos 600 euros). O quizá no, quizá si hubiese puesto todos mis sentidos en escribir algo maravilloso, estimulante y perfecto, tal vez hubiese pasado desapercibido. De ahí que dijera, al principio, que estos premios no significan nada. Pero, aunque así sea, siempre se agradece ver tu nombre en la portada de un libro, y que gente con la que no tienes relación alguna aprecie tu trabajo (en este caso, tu diversión). Y ello, claro está, te anima a seguir, a mejorar. Aunque no para ganar, no, ello nunca, porque pensar así sería el principio del fin.

Uno debe escribir (novelas, divulgación, filosofía, diarios, blogs, libros de cocina... lo que sea) porque hay algo dentro de él que debe salir. Los premios, desgraciadamente, nunca valoran eso.

'Una estrella para el futuro'



El Sol ha sido la base de la evolución de la vida en la Tierra. Sin él nada estaría hoy vivo. Su historia es bastante sencilla, y de ella se desprende que si queremos sobrevivir en este mundo, dadas nuestras necesidades de energía, deberemos dirigir nuestros esfuerzos a extraer de su luz el máximo rendimiento posible. La energía procedente del Sol es la energía del futuro.

Destellos de luz inundaban por doquier el espacio galáctico. La mayoría de astros que existían por aquel entonces, en la infancia más tierna del Universo, eran de gran envergadura, gigantes de gas que se habían autoalimentado gracias a la recién formada y abundante materia. Nacían como colosos gaseosos, pero un coloso requiere mucho alimento, y las despensas estelares que cada uno de ellos poseía en su interior menguaban pronto. Cuando, privado del necesario combustible para proseguir su existencia el coloso reparaba en la inexistencia de recursos, se encerraba sobre sí mismo y sufría un atroz colapso, expulsando al espacio toda la materia que durante millones de años había ido formando en su seno, en un cegador destello de proporciones cósmicas.

Esta materia expulsada vagaría lentamente por entre los demás colosos, los cuales tarde o temprano seguirían la misma suerte. Los destellos luminosos, visibles desde los confines más alejados del joven Universo, eran como los fuegos artificiales que anunciaban el fin de una era y el comienzo de otra. A partir de ese momento los astros serían diferentes. Menos grandiosidad y más longevidad. Iban a formarse astros pequeños, con despensas reducidas pero mínimo consumo, los cuales podrían brillar y mantenerse estables a través de los largos eones de tiempo.

La materia expulsada por los colosos enriqueció difusas nubes de gas que se hallaban entre los brazos espirales de la Vía Láctea, recién aparecida en el escenario del Universo. Una de tales nubes había estado arremolinando gas y polvo durante mucho tiempo, y sólo necesitaba una nueva andanada, un nuevo estallido cercano para que su onda de choque comprimiera sus materiales y los calentara hasta hacerlos brillar. Para ello se requería un último coloso en explosión, la precisa aportación de energía para que la chispa prendiera.

Ello tuvo lugar hace unos cinco mil millones de años. La nube de gas y polvo en rotación aumentó espectacularmente su temperatura central, hasta que en un instante mágico alcanzó los quince millones de grados, y de su núcleo salieron las primeras partículas de luz, que iluminaron el espacio circundante, el cual había vivido en tinieblas desde tiempos inmemorables. Así nació una estrella llamada Sol.

De su aparición el Sol primitivo sólo conservó jirones de gas, que poco a poco se desprendían de él, como la crisálida se desprende de la nacida mariposa. La vida posterior del Sol fue un largo proceso de estabilidad, únicamente roto por ocasionales estallidos de actividad frenética, como violentas erupciones de gas y grandes y brillantes llamaradas, que rompían el transcurrir tranquilo del Sol. Sin embargo, el Sol no nació solitario; con él aparecieron una serie de cuerpos heterogéneos, producto de los restos de la formación de la estrella. En unos casos se desarrollaban mundos de gas, enormes y majestuosos, situados a gran distancia; en otros, mundos pequeños de roca, casi como pedruscos en comparación con los otros, la mayoría anclados cerca del astro principal. Se les llamó planetas (figura 1).

Los planetas, además de variados en tamaño y composición, también lo eran en muchos otros aspectos. Realmente no había dos planetas iguales, ni por cuestiones orbitales, ni físicas ni geológicas. Había unos pocos de ellos que ocultaban su superficie a la vista, como recelosos de ojos ajenos, y por el contrario otros dejaban al descubierto cualquier detalle. En poco tiempo, la familia del Sol se convirtió en una generación planetaria tan variopinta que muchas otras familias estelares sintieron cierta envidia. Aquella estrella amarilla corriente había conseguido una prole bien provista, en cantidad y en calidad.



Figura 1: la familia planetaria del Sol; la estrella (arriba a la izquierda) está acompañada por cuatro planetas interiores (Mercurio, Venus, Tierra y Marte, el primer arco de imágenes) y cuatro planetas gaseosos gigantes (Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno, segundo arco de imágenes) y Plutón (arriba a la derecha). (NASA)

Por alguna razón hoy ignorada, hubo planetas que se mantuvieron estériles desde su origen, vacíos de cualquier representación de vida. El Sol hizo lo imposible por dotar de tan alta cualidad a sus descendientes; los grandes mundos habían absorbido todo el material solar gaseoso residual, que era mucho, y con descargas eléctricas descomunales, rayos y centellas procedentes de las altas atmósferas planetarias, se intentaba por todos los medios dotar del hálito de la vida a las reuniones de moléculas orgánicas, que llenaban el mar de gas en los planetas gigantes. Pero fue en vano. Por su parte, en los planetas pequeños también hubo problemas. Algunos de ellos carecían de atmósfera protectora, y cuando la había era muy tenue, que no impedía la llegada a la superficie de radiaciones cósmicas dañinas. En otros casos era tan espesa y densa que el calor del Sol nunca se perdía, con el resultado de un planeta achicharrante, capaz de fundir los metales más consistentes.

El Sol insistía una y otra vez, pero parecía que la vida no arraigaba. Hasta que, en un momento dado, en un planeta en principio no más prometedor que otros, sucedió el milagro. El mundo, el tercero desde la estrella, estaba a una distancia apropiada, era relativamente grande, con una atmósfera aceptable, y tenía amplias zonas recubiertas de un elemento líquido que tal vez podía ser útil para que la vida finalmente echara raíces.

Y así sucedió. Las moléculas orgánicas de los mares poco profundos del planeta, llamado Tierra, consiguieron gracias a las radiaciones que llegaban del Sol y los relámpagos del planeta unirse en una forma de vida primitiva y simple; algas microscópicas compuestas de una sola célula. Estas algas podían hacer copias de sí mismas, y en poco tiempo las charcas y mares someros de la Tierra albergaban toda la base biológica del planeta, que iba a desarrollarse lenta y trabajosamente durante los siguientes millones de años. Los seres unicelulares se agruparon en grandes colonias de células, con nuevas funciones y características, que les permitieron adaptarse mucho mejor al ambiente acuático. Los peces más primitivos aparecieron hace unos seiscientos millones de años, a los que siguieron las plantas de tierra firme, los insectos, anfibios, reptiles, árboles y finalmente las aves. Durante más de dos mil millones de años no hubo en la Tierra nada más que algas y bacterias flotando en húmedos estanques, pero en cuanto llegaron las demás formas de vida, la evolución biológica inició un despegue espectacular, produciendo una enorme variedad de cosas vivientes. A partir de estas pudieron desarrollarse los grandes animales, tanto en tierra firme como en el medio acuático, como dinosaurios y cetáceos. La extinción de los primeros por grandes cataclismos venidos del espacio en forma de asteroide y en la propia Tierra por la emisión de gigantescas cantidades de lava que abrasaron una superficie varias veces superior a la de la Península Ibérica, favoreció a unas tímidas y peludas criaturas de sangre caliente, los mamíferos. Algunas de ellas colonizaron los árboles tras varios millones de años de adaptación, dando lugar posteriormente a los primates. De una rama concreta de los primates aparecieron unos seres peculiares, sin características físicas destacables, pero con cierta inteligencia, mucho mayor de la de los demás parientes simiescos. Pronto aprendieron a controlar las llamas y hogueras, a utilizarlas para cocinar alimentos y ahuyentar animales. Más tarde fueron capaces de formar tribus, colonias de primates que se reunían para mantener lazos afectivos y ayudarse en tareas domésticas. Iban de un lugar a otro, en busca de comida y cobijo, y para cuando enterraron a sus semejantes y comprendieron el significado de la vida y la muerte, se convirtieron en seres humanos. El Sol, a ciento cincuenta millones de kilómetros de distancia, vio con satisfacción que la vida había tomado conciencia de sí misma. Su familia podía enorgullecerse, la inteligencia tomaba las riendas en un mundo en que hasta ese momento todo había sido consecuencia del destino y de procesos naturales.

A velocidad de vértigo se sucedieron las distintas generaciones de seres humanos; pocos en un principio, se fueron reproduciendo sin cesar. Las condiciones climatológicas, las cuales eran generalmente bastante adversas, cambiaron de súbito durante un periodo de tiempo indefinido, y los seres humanos empezaron a creer en su buena suerte. Mejoraron las condiciones de vida, aprendieron a sembrar los campos, ocuparon enormes extensiones de tierra firme, colonizándolas y transformándolas para su beneficio y bienestar. Las tribus se convirtieron en colonias, y las colonias en poblados. El uso de fuentes de energía cada vez más rentables posibilitó un avance sin precedentes; los seres humanos ya eran capaces de obtener todo aquello que quisieran. Alimentos, materias primas para construcciones, armas, ropajes, todo salía de la tierra, de un modo u otro. Los humanos también se iniciaron en el arte de la tecnología, construyendo artilugios y cachivaches rudimentarios al principio pero instrumentos perfeccionados poco después, que sirvieron para aumentar aún más si cabía la producción y el bienestar. La evolución de la inteligencia era a todas luces mucho más rápida que la evolución biológica. El Sol vio con asombro cómo aquellos seres que hacía un microsegundo saltaban alegremente de árbol en árbol habían conseguido edificar enormes construcciones de metal y vidrio que rozaban las nubes del cielo. Expandidos por todo el planeta, los humanos no tenían limitación alguna. Superando cualquier otra forma de vida jamás vista sobre la Tierra, habían podido colonizar todo un mundo, todo un planeta, para su propia evolución.

Pero el Sol también sufrió; desde la lejanía vio cómo el producto último de la inteligencia consumía mucha materia prima, mucha energía procedente del interior de su planeta en forma de oscuras sustancias orgánicas llamadas petróleo y carbón, y que en última instancia no era sino materia viva pero ahora muerta que se había acumulado tras un enorme periodo de tiempo. La inteligencia ya no sólo usaba la materia para su beneficio; también empleaba la propia vida, tanto viva como muerta. Cada vez había más seres humanos, que en su alto nivel de vida requerían ingentes cantidades de energía; la mayoría, sin embargo, no disponía de ella. Sólo eran unos pocos poblados los que la empleaban con desenfreno. Otros aunque la tenían en su región la cedían gustosamente a los poblados mayores. El Sol no entendía por qué; miraba a esas gentes y las veía mucho más necesitadas de energía que sus vecinos ricos, pero así funcionaban las cosas en ese planeta. Llegaría un momento en que toda esa energía almacenada en la tierra devendría escasa: ¿qué harían entonces los poblados de la Tierra? (figura 2).



Figura 2: el incremento de la necesidad de energía en la Tierra ha sido exponencial en los últimos años; el petróleo sólo será útil durante un siglo, aproximadamente. Pero, ¿luego qué? (A. Baracca)

La inteligencia humana comprendía el origen de esa energía, la cantidad existente y la demanda necesaria; sabía por tanto que en un abrir y cerrar de ojos el fin de esa energía llegaría pronto. ¿Había alternativas? ¿Tenían algún otro recurso a mano que pudiera suplirlas? No. En realidad sí los había, pero no se habían dedicado a investigar suficientemente a fondo la cuestión. ¿Cómo era posible, por qué no ponían todos los medios necesarios para desarrollar la tecnología elemental y así despreocuparse para siempre de problemas energéticas. El Sol de pronto lo comprendió. Había otros motivos, en nada relacionados con la evolución del ser humano como especie, sino en la evolución de poblados, de países concretos. Unos querían crecer al máximo, ser importantes, pero no querían lo mismo para los demás. Mientras la energía procedente de la vida muerta fuera el motor del planeta, esos pocos poblados no tendrían rival, porque esa energía era de ellos. En cambio, la energía que se podía obtener por otros medios era universal, no estaba limitada ni cercada por barreras físicas o por problemas burocráticos o políticos.

El Sol palideció al comprenderlo. La inteligencia humana, que tan arduamente había sido forjada a partir de simples moléculas orgánicas, que tenía tras de sí una historia de cuatro mil millones de años de evolución biológica y quince mil millones de años de evolución cósmica, que tenía sus raíces en el Sol y en la explosión de colosos de gas en los principios de los tiempos, prefería la avaricia y la codicia a la concordia y bienestar de todos los seres del planeta. Ardió de ira, enrojeció hasta arrojar lenguas de fuego y plasma al espacio interplanetario, y entendió que, aunque maravillosa, la inteligencia tenía defectos; algunos de ellos son tan graves que pueden hacerla desaparecer.

Y, sin embargo, la solución a los problemas en la Tierra era sencilla. Una estrella es una fuente inagotable de energía. El Sol enrojeció aún más. ¿A qué esperaban, pues, los seres humanos?