31.1.09

"Cambio climático y medios de comunicación: la necesidad de un marco sereno de divulgación científica"

Vivimos en la era de la información, en una etapa del saber científico sin precedentes y con unos recursos divulgativos como jamás han existido. Disponemos de los medios necesarios para explicar a las personas todo lo relacionado con la ciencia, el conocimiento del mundo y sus maravillas. Es una época en la que la sociedad mejor puede recibir de los científicos y los escritores divulgativos el legado de siglos de curiosidad e investigación acerca de la naturaleza. Es, por tanto, un tiempo magnífico para aprender y enseñar ciencia. Sin embargo, también es el momento propicio para que, algunos, aprovechen el prestigio y el valor de la ciencia con el fin de manipularla y que sirva a sus propios intereses. Y esto puede ser peligroso, porque puede confundir y desorientar a quienes sienten atracción por los grandes temas científicos. Tal vez sea en la cuestión del cambio climático donde más pueda advertirse esto.

Partamos del hecho, totalmente obvio, de que el clima sólo lo comprenden razonablemente bien los científicos dedicados a la climatología. Por tanto, debería ser a ellos a quienes acudiéramos para hallar la información más veraz acerca del cambio climático. ¿Cómo hacerlo? Fundamentalmente, a través del IPCC, o Panel Intergubernamental del Cambio Climático, un consorcio científico internacional que, auspiciado por Naciones Unidas, aglutina a la mayoría de expertos en climatología y otras ramas científicas afines. Desde el IPCC se nos dice, en primer lugar y entre muchas otras cosas, que la temperatura global del planeta ha aumentado en 0,6º C en sólo los últimos treinta años, y alrededor de 0,8ºC desde principios del siglo pasado. En segundo lugar, se advierte que, en buena parte, el responsable de ese incremento ha sido la actividad humana, por medio de la emisión de grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera que tienden a acentuar el efecto invernadero. Y, en tercer lugar, basándose en sus modelos climáticos informatizados, se predice que la temperatura planetaria en 2100 podrá aumentar, en promedio, unos 2,4º C respecto a los valores actuales. La primera de las afirmaciones es irrefutable, por lo menos en cuanto a las temperaturas superficiales; la segunda algo más discutible, sobre todo a la hora de determinar hasta dónde es responsable, dentro de la corriente al alza de las temperaturas, la mano del hombre, si bien no cabe duda de que afecta al sistema climático; mientras que la tercera es fruto de una modelización de los distintos parámetros que constituyen el funcionamiento del clima, modelización que sólo podemos entender como plausible, pero no como una certidumbre absoluta (entre otros motivos, porque aún no comprendemos completamente el forzamiento radiativo de las nubes y los aerosoles, el ciclo geológico del carbono, los entresijos de la Corriente del Golfo, etc.).

Por tal motivo existen, naturalmente, voces disidentes y científicos que no se avienen, en relación a las dos últimas cuestiones, con los resultados pronosticados. O bien creen que la influencia humana es menor de lo sospechado, o que las consecuencias y efectos del cambio climático a largo plazo serán menos dañinos en términos generales. Este desacuerdo, en todo ámbito científico, es provechoso y saludable; la discusión de ideas encontradas es la semilla de la ciencia, de las que brotan posteriormente frutos en forma de conocimiento y nuevos saberes. Muchas veces, este antagonismo intelectual allana el camino hacia la verdad y produce resultados inesperados. Sin embargo, en lo referente al cambio climático los medios informativos acostumbran a presentar a los escépticos como sujetos poco honestos, favorecidos económicamente por empresas multinacionales y dedicados a vender entelequias con un fin egoísta y lucrativo. Esto ocasiona un daño terrible a la ciencia, porque mancilla la dignidad de investigadores cuya honradez, como cualquier otra persona, no puede ponerse en duda a no ser que se demuestre fehacientemente lo contrario. Y esto siempre a posteriori, nunca a priori, como se está haciendo, sin embargo, en demasiadas circunstancias y desde demasiados medios.

La cuestión del maltrato a los disidentes llega a extremos dantescos por parte de ciertos sectores, como algunas colectividades ecologistas, lo cual es grave aunque no demasiado sorprendente, o incluso desde púlpitos con carácter científico o ligeramente político, lo cual no sólo es grave y sorprendente, sino inaceptable. Un ejemplo lo hallamos en Al Gore, reciente premio Nobel de la Paz (galardón compartido, precisamente, con el IPCC). Pese a que no podemos recelar de sus buenas intenciones, su desprecio a los escépticos (como botón de muestra, sus declaraciones acerca de equipararlos con quienes niegan la llegada de los tripulantes de las misiones Apolo a la Luna, o también, los que siguen creyendo que la Tierra es plana) es desafortunado, incomprensible y grosero. Los científicos siempre pueden dudar de las conclusiones de otros colegas suyos, solicitando argumentos, pruebas y observaciones que respalden sus opiniones. Pero resulta imprescindible hacerlo desde el respeto y la tolerancia hacia quienes no comparten nuestras posturas. Otro caso, por citar alguno famoso, es el de James Lovelock. Si bien se trata de un reputado científico, también es un ecologista convencido; tal vez por ello sostiene que «quizá la estridencia de los escépticos sobre el calentamiento global oculta su miedo a estar equivocados». Posiblemente lleve razón, pero son también muchas las ocasiones en que parecen ser más estridentes y alarmistas, precisamente, aquellos que sostienen la actitud contraria a estos. Para ejemplo, la del presidente del IPCC, R. K. Pachauri, quien no dudó en esperar, del último informe de este Panel (2007), que este provocase una «conmoción» en la gente, lo cual sería favorable para que los gobiernos, quienes supuestamente representan al pueblo, iniciaran políticas más agresivas para la reducción de la emisión de los gases de efecto invernadero, entre otras medidas. Tal vez sea útil y conveniente ejecutar estas reducciones de las emisiones, o tal vez no, pero no corresponde al IPCC inclinar la balanza hacia ninguna de las dos posibilidades. Su cometido, de hecho, como el mismo Panel afirma, es la de ofrecer, y esto ya es suficientemente importante, una información neutral, sin predisposiciones ni favoritismos.

Las deficiencias en nuestro entendimiento del clima y las discrepancias de los detalles científicos sobre el calentamiento global no debe evitar reconocer, sin embargo, que sabemos lo suficiente para establecer unas líneas maestras que, a grandes rasgos, nos indiquen cuál va a ser el ambiente futuro de la Tierra. Las previsiones, desgraciadamente, no son buenas ni económica ni socialmente. Estas sugieren, en efecto, que habrá que reestructurar nuestros modos de vida, reducir ciertos excesos de consumo y apostar por energías renovables, en la medida de lo posible para satisfacer las demandas energéticas de la población. También padeceremos un intenso estrés hídrico, además de otras penurias como elevación del nivel de los mares, quizá huracanes más violentos, más inundaciones y un aumento de los casos de malaria y pobreza, además de un incremento notable del hambre en los países subdesarrollados, aunque esto no sea únicamente responsabilidad del cambio climático.

Las secuelas de dicho cambio climático van a ser probablemente una realidad aunque hagamos algo, ya mismo, en cuanto a las emisiones de dióxido de carbono. La cuestión radica en saber si, por medio de ciertas acciones, podremos atenuar su impacto futuro. Una de las propuestas es la del Protocolo de Kioto, establecido en 1997 como marco internacional para la reducción, en un porcentaje de poco más del 5% en relación a las emisiones de 1990, de los gases causantes del efecto invernadero. Es una valiente ambición, pero no parece demasiado factible, sin embargo, que un descenso tan exiguo vaya a atajar el aumento de temperatura de forma efectiva ―se cree que, en todo caso, podría reducir la temperatura global en unos 0,2ºC en 2100, por lo que habrá aumentado 2,2ºC, en promedio, en lugar de los 2,4º originales―. No obstante, el Protocolo podría ser beneficioso siempre que los costes de reducción de carbono fueran proporcionados y asumibles para las economías de los países implicados, y sus consecuencias claramente favorables para la industria, la sociedad y sus ciudadanos. Pero esto no resulta fácil de calcular, y los muchos factores en juego dificultan una valoración a tan largo plazo de sus costes y beneficios. Quizá haya alguna otra forma, más efectiva, de mejorar el medio ambiente sin ahogar los recursos de las naciones. Hay que continuar investigando.

Mas la controversia en torno al cambio climático no está centrada tanto en los asuntos puramente científicos o en las decisiones políticas tomadas a raíz de ellos, que como hemos visto existen y deben ser debatidos y contrastados por los especialistas, como en su difusión pública. Hemos llegado a un punto en el que los medios de comunicación, ávidos de noticias sobre catástrofes, muertes y destrucción, están invadiendo el terreno de la ciencia para apropiarse de sus hallazgos y presentarlos al mundo con talante alarmista y aterrador. Es obvio que estamos haciendo mal las cosas, que contaminamos, devastamos y arruinamos el entorno, que estamos añadiendo a la atmósfera nueva química y esquilmamos los recursos naturales. Todo esto es grave y nos está dando muchos problemas, pero es algo que puede tener solución, siempre que seamos lo suficientemente inteligentes para ponerla en práctica. No obstante, un aumento de 2,4ºC en la temperatura global en el próximo siglo, que es lo que auguran los pronósticos científicos, está lejos de producir el escenario apocalíptico y terrorífico de una Tierra sumida en un infierno de calor, aridez y conflictos. Habrá dificultades, naturalmente, a las que deberemos hacer frente, pero nada que quizá no pueda resolverse.

Por este motivo, la falta de transparencia y objetividad que presentan los medios como periódicos y televisiones, la escasa formación científica de los periodistas y la tendencia, cada vez más acusada, hacia el sensacionalismo y el amarillismo en relación al cambio climático, no están ayudando a su comunicación pública y objetiva. Son infinidad las noticias con tintes catastrofistas, pero muy pocas las que hacen referencia a predicciones optimistas o menos graves, y no debido a su inexistencia, sino a su carácter templado y no alarmista. Mientras se entienda al cambio climático como una fuente de noticias impactantes y no como un tema en discusión científica permanente, evitando exagerar y dramatizar en exceso, los medios periodísticos desprestigiarán y alterarán su contenido en beneficio propio. Cuanto peor son las noticias, afirma Bjorn Lomborg, más venden los medios de comunicación, «y el clima se vende particularmente bien».

En sus escritos y comunicaciones los ejemplos ya citados de Gore y Lovelock también destilan, regularmente, ese aliento catastrofista y apocalíptico, bastante ajeno a las previsiones científicas del IPCC. Es el caso del reciente libro de Lovelock La venganza de la Tierra, que nos presenta un futuro abocado a la destrucción y al exterminio, en donde, «antes de que termine este siglo, miles de millones de nosotros moriremos [por causas derivadas del calentamiento global]». Gore, por su parte, afirma que el nivel de los mares, en este siglo, puede aumentar hasta en seis metros si se deshiela la mitad de Groenlandia y la Antártida. Sin embargo, el IPCC, en su informe de 2007, sostiene que la subida será sólo de 58 centímetros (lo que, sin duda, causará importantes apuros en algunas regiones del planeta, que habrá que enmendar), y que es altamente improbable que las dos mayores masa de hielo del planeta tengan una pérdida tan acusada en su volumen. Así, vemos la existencia de una discrepancia entre la información suministrada a la población por los medios (sean periodísticos o divulgativos) y la proporcionada por las fuentes científicas (independientemente de la postura adoptada ante el calentamiento global). Y vemos también que expresiones altisonantes de este tipo, dramatizadas e inexactas, no refieren una realidad plausible; sólo un escenario altamente improbable producto de una generosa exageración de las previsiones climáticas. En consecuencia, prestan un flaco favor a la divulgación científica seria de un tema tan relevante en el panorama cultural actual como es el cambio climático. Si acaso, forman parte mucho mejor de un lenguaje publicitario, que trata de vender y persuadir, no de un estilo científico que presenta un contexto de investigación rigurosa. Naturalmente, en la descripción de los resultados de toda exploración de la naturaleza son necesarios, en ocasiones, términos algo enfáticos y graves, y más aún si están referidos a las consecuencias hipotéticas del cambio climático a largo plazo. Sin embargo, ello no soslaya que muchas de las fórmulas empleadas en el ámbito del calentamiento global posean más de retórica y afectación que de verdad científica.

Por ello parece más necesario que nunca un nuevo marco sereno y sensato de divulgación científica, marco en el que puedan difundirse los resultados y los estudios científicos sin temor a que estos sean permanentemente alterados, no sólo en su presentación al público, sino incluso en lo radical de su contenido. El IPCC es un buen paradigma de ello, pese a sus ocasionales errores (el gráfico del palo de hockey, por ejemplo) o sesgos. Tratemos de evitar el catastrofismo. Eliminemos el dramatismo y la mención a futuros apocalípticos y sustituyámoslos por una comunicación ecuánime e imparcial. Pero, al mismo tiempo, hagamos saber también que el cambio climático puede muy bien ser una realidad irrecusable, y que es absurdo quedarnos de brazos cruzados. Estamos haciendo mal las cosas y hay que actuar. Sólo queda por decidir hacia qué dirección, con qué medios y hasta dónde estamos dispuestos a llegar.

Sin embargo, debemos hacerlo. Debemos, todos, científicos y divulgadores, esforzarnos por lograr ese difícil objetivo que es brindar a la sociedad una información lo más veraz, estricta y despojada en lo posible de dramatismos innecesarios. Cualquiera de nosotros puede equivocarse, puede dejarse llevar por el entusiasmo o los apegos a favor de una postura u otra. Es normal, somos humanos. Pero los extremos son, como ya sabía Aristóteles, desacertados, y en toda discusión debe privar el respeto y la consideración por el otro; la templanza nos permite contemplar los hechos con mayor agudeza y profundidad. Las personas, además, se merecen la mejor educación, y pueden (es más, deben) exigir información objetiva y alejada de atavíos retóricos.

La tarea es compleja. Pero la recompensa es inestimable: construir una sociedad crítica, capaz de discriminar entre sensacionalismo y ciencia, y cuyos miembros tengan acceso a un saber que les hará más libres, al disponer de todas las opciones y alternativas en el continuo discutir de los temas científicos.

Podemos y sabemos hacerlo. No perdamos más tiempo.

14.1.09

Cerca, lejos y más allá



Vagamos en medio de una gran oscuridad espacial; sólo la rompe, en las cercanías, la presencia del Sol. Si él no existiera, obviamente, no estaríamos aquí, pero tampoco habría aparecido la vida, ni siquiera los depositarios de esta, los planetas. Hace miles de años, en los remotos orígenes de nuestra civilización, cuando los palos y las piedras eran útiles prácticos y eficientes, ya sabíamos que de la brillante estrella amarilla procedía todo: vida, materia y consciencia. Fue el primer dios en ser adorado, la primera deidad en cuya veneración los humanos confiaron su destino. Muchos filósofos de la Grecia clásica, más de dos mil años atrás, empezaron a estudiar el Sol para conocer algunas de sus características; las primeras en descubrirse fueron la distancia y su tamaño. Resultó que el Sol, sólo una estrella entre muchas, era más grande que la Tierra y se hallaba más lejos de lo que jamás habíamos soñado. Esto fue el principio para cambiar mucho de lo que presuponíamos del Universo.

Hoy en día ignoramos al Sol; es lógico, porque hoy en día ignoramos casi todo. Nuestra vida diaria nos deja poco tiempo para reflexionar, para meditar acerca de los cambios que han supuesto ciertas transformaciones de nuestro saber. Al mismo tiempo, parece que la Tierra se nos ha quedado pequeña; la tecnología permite ya a varios de nosotros (los ricos muy ricos...) abandonar la Tierra por un tiempo, a modo de astronautas aficionados. Es una experiencia que puede cambiar, a su vez, toda nuestra vida. Viajar hasta más allá queda limitado al futuro, quizá lejano. Acercarnos a las estrellas es un deseo comprensible pero muy complejo. Si queremos llegar a las orillas de otros mundos extrasolares, deberemos superar muchas barreras que, hoy por hoy, son insalvables.

El Sol marca el primer límite de nuestro espacio cercano; escapar de su influencia es el paso imprescindible para emanciparnos de su luz y energía. Me imagino a aquellos que, dentro de un tiempo indefinido, echen un vistazo hacia atrás y contemplen los últimos resplandores del Sol, perdido entre un mar de estrellas y vacío; roto el lazo, por fin, quedamos libres para ir en busca del infinito.

(Publicado en El Hermitaño el 21 de diciembre de 2005)

24.12.08

Planeta emergente



Nunca me canso de contemplar esta fotografía. Nunca me aburre pensar que todo aquello que nos ha sucedido a todos y cada uno de nosotros, ayer o hace mil años, todo absolutamente, aconteció allí. Océanos, nubes y tierra es todo lo que podemos observar desde la Luna acerca de la Tierra (como hicieron por vez primera los astronautas del Apolo 8, en diciembre de 1968). Y, más allá, el negro radical del espacio, también total y absoluto.

Para mí esta es, con mucha diferencia, la mejor fotografía sobre el espacio obtenida jamás por la especie humana.

17.12.08

Y más...



El Sol no es una estrella de grandes dimensiones. Muy al contrario, se trata del astro más vulgar y mediocre en cuanto al tamaño que uno puede encontrar en la Vía Láctea. Hay estrellas más pequeñas, desde luego, pero son también muchas las que le superan. Unos ejemplos de astros algo más grandes en comparación (Sirio, Pólux y Arturo, una gigante roja muy similar a cómo será el Sol dentro de unos 4.000 millones de años).

Y, a continuación, algunos monstruos estelares gigantescos; el Sol no es más que un pixel en el dibujo (un punto apenas visible). A la derecha de las tres estrellas mencionadas aparece Rígel y Aldebarán, supergigantes blanca y roja, respectivamente, y las descomunales Betelgeuse y Antares. Pese a su enormidad, estos últimos poseen, realmente, una densidad bajísima; tanto, de hecho, que si pudiésemos atravesar su "interior externo" con una nave espacial casi no percibiríamos nada más que espacio vacío. Estaríamos dentro de la estrella, pero no nos daríamos cuenta.

10.12.08

Comparaciones

La Tierra nos parece un mundo inmenso. Y lo es... para nosotros. Hay planetas vecinos nuestros que son una decena de veces mayores; en su volumen cabrían más de mil tierras. Y el Sol es cien veces mayor que el planeta que nos vio nacer; decenas de miles similares a él podría contenerse en su interior, el de esta estrella que, en realidad, es un astro bastante pequeño.

Pero esto, dicho en palabras, no aclara mucho. Mejor una imagen. En la figura de abajo la Tierra es la quinta esfera por la izquierda; Mercurio ni se aprecia (y eso que es bastante mayor que la Luna). No es de extrañar que consideremos (nosostros ahora que concemos su tamaño y, por intuición sabia, nuestros antepasados lejanos) que el Sol es nuestro astro rey.

24.11.08

La Creación, según los indios iroqueses



Hace muchos, muchísimos inviernos la Tierra estaba completamente cubierta por un inmenso manto de agua. No había Sol, ni Luna, ni estrellas. No había luz. Todo era oscuridad.

En aquellos tiempos las pocas criaturas que poblaban la Tierra vivían en el agua, y eran el castor, la nutria el pingüino y el pato.

Lejos, muy alto en el cielo, se hallaba el País de los Espíritus Felices, donde habitaba Rawenio, el Gran Legislador.

En la cúspide de la Tierra Alta crecía un árbol gigantesco. Un gran Manzano cuyas raíces habían horadado la tierra en la que crecía.

Un día, Rawenio arrancó aquel Gran Árbol y sus enormes raíces.
Llamó entonces el Gran Espíritu a su hija, que vivía también en el Mundo Alto, y le ordenó mirar por el agujero que el Gran Árbol dejara.

Esta mujer, que habría de ser la Madre del Bien y del Mal, se apresuró a mirar.
Vio a lo lejos, en la profundidad de los cielos, el Mundo Bajo cubierto de agua y rodeado de densas nubes.

“Has de ir a ese mundo de oscuridad”, le dijo el Gran Espíritu y, levantándola dulcemente del suelo, la dejó caer por la oquedad.

Ella flotó en el vacío. Abajo, muy lejos aún, se mecían sobre las aguas oscuras los animales acuáticos mirando al cielo, observando la Gran Luz, la luminosidad de la Mujer Celeste, que caía lentamente sobre ellos.

Y su cuerpo brillaba con tal resplandor que al principio se asustaron. Y llenos sus corazones de miedo, se sumergieron en las aguas más profundas.

Pero al olvidar sus temores volvieron a la superficie, y se preguntaron qué sería de la Mujer cuando cayera en el agua y qué podrían hacer con ella.

“Hemos de encontrar algún lugar seco donde depositarla cuando caiga” dijo el Castor, y recorrió todas las aguas en busca de tierra. Pero transcurrió mucho tiempo, y el cuerpo sin vida del Castor apareció flotando sobre las olas.

Tras él lo intentó el Pingüino, y su cuerpo no regresó nunca del fondo de las aguas. Todas las criaturas acuáticas se zambulleron en busca de tierra, pero no encontraron ninguna.

Finalmente la Nutria ascendió de las profundidades y también su cuerpo, ya muerto, flotó durante algún tiempo sobre la superficie de las aguas. Sus pequeñas garras, fuertemente apretadas, dejaron caer al abrirse, unos granitos de arena.

Las criaturas del agua cogieron esta tierra, llamaron a una Gran Tortuga y la depositaron sobre su caparazón, asegurándose que quedara bien fija. Inmediatamente la Tortuga creció muchísimo, igual que aquel puñado de arena.

Y así se hizo América del Norte, como una inmensa isla. A veces cuando la tierra cruje y se agita, y enormes olas golpean con dureza las playas, el hombre blanco dice “terremoto”. El Mohawk dice: “La tortuga se está estirando”.

La Mujer Celeste estaba ya muy cerca de la Tierra. “Debemos alcanzarla para que caiga a tierra fácilmente apoyándose sobre nuestras espaldas”, dijo el Jefe de las Palomas Blancas. Y una gran bandada de palomas surcó el aire, y arropando a la Mujer Celeste, la depositó cuidadosamente sobre la Tierra.

Al cabo de un tiempo, la Mujer Celeste dio a luz a dos hijos gemelos. El que habría de ser el Buen Espíritu nació primero. El otro, el Espíritu del Mal, fue el segundo, y durante el parto causó a su madre tantos dolores que a causa de ellos murió.
El Espíritu del Bien cogió inmediatamente la cabeza de su Madre en las manos y la colocó en el cielo. E hizose el Sol. Del cuerpo muerto forjó la Luna y las estrellas y las aposentó también en los cielos.

Después enterró el resto en las entrañas de la Tierra, y lo que de ella surgió fue alimentado por el Sol y por la madre Tierra.

El Espíritu del Mal ensombreció el Occidente y condujo al Sol más allá de la oscuridad.

El Buen Espíritu creó muchas cosas y dio a cada una un lugar en la Tierra. El Espíritu del Mal trató de deshacer el trabajo de su hermano, creando seres malignos.
Mientras el Espíritu del Bien creaba maravillosos y altos árboles como el pino y el eucalipto, el Espíritu del Mal empequeñecía a muchos, haciéndoles nudos y retorciéndolos. Cubría a otros de espinas y ponía en ellos frutas envenenadas.

El Espíritu Bueno hizo animales como el oso y el ciervo.
El Maligno creó animales venenosos, lagartos y serpientes que destruyeran a los animales de la Buena Creación.

El Espíritu del Bien hizo brotar fuentes y regatos de agua limpia y pura. El Espíritu del Mal roció de veneno las corrientes y puso serpientes en las riberas.
El Buen Espíritu creó ríos bellísimos y levantó altas montañas que los protegieran.
El Maligno arrojó sobre los ríos rocas y suciedad convirtiendo las corrientes suaves del Buen Hacedor en rápidas torrenteras de aguas peligrosas.

Finalmente, cuando la Tierra se hubo completado, el Espíritu del Bien creó al hombre de un trozo de arcilla roja. Le puso en la Tierra y le dijo cómo debería vivir. El Mal Espíritu no se mantuvo inactivo y de la blanca espuma del mar creó otra criatura: el Mono.

Tras la creación de la Humanidad y de las demás criaturas vivientes, el Buen Espíritu otorgó a cada uno de ellos un Espíritu Protector.

Llamó entonces al Espíritu del Mal y le ordenó que dejara de crear problemas por toda la Tierra. Pero éste se negó. El Buen Espíritu, encolerizado con su malvado hermano, le retó a combate. El vencedor gobernaría la Tierra. Utilizaron como armas dos grandes espinas de un Manzano Gigante.

Pelearon durante muchos soles.

Por último, el Espíritu del Mal fue vencido.

El Buen Espíritu regiría ahora toda la Tierra. Desterró a su perverso hermano al interior de una oscura cueva subterránea. Allí permanecería para siempre.
Pero el Espíritu Malo poseía sirvientes demoníacos que vagaban por la Tierra. Aquellos malvados espíritus podían tomar la forma de cualquier criatura que desearan, para torcer las mentes de los hombres incitándoles a realizar malas acciones.

Y esto es así porque cada persona lleva en su interior dos corazones: uno malo y uno bueno. No importa lo bueno que pueda parecer un hombre: siempre tiene algo malo. No importa lo malo que otro pueda parecer: siempre hay algo bueno en él. Ningún hombre es perfecto.

El Buen Espíritu continúa la Creación y protege a la Humanidad. A Él van los espíritus de los hombres buenos tras la muerte. El Espíritu del Mal recibe, en cambio, en su cubil, tras el último viaje, las almas de los hombres viles.

(Fuente: Cuentos de los indios iroqueses, Miraguano Ediciones, Madrid, 1988)

7.11.08

Luces de vida y muerte



Estos extraños filamentos de gas violáceo son los últimos restos físicos de una estrella, que explotó hace 160.000 años en las cercanías de la Gran Nube de Magallanes, una galaxia enana satélite de nuestra Vía Láctea.

Esparcidos por el espacio desde la explosión, estos restos atestiguan una muerte estelar espectacular; la estrella que antaño mantenía estos filamentos de gas en su ardiente interior era mucho más masiva que el Sol.

Murió porque fue incapaz de sostenerse a sí misma por más tiempo; era demasiado gigantesca, demasiado descomunal, y los gigantes de gas del Cosmos, aunque espectaculares, viven poco, porque requieren mucha energía, y las despensas se agotan pronto. El Sol, aunque más modesta, está destinada a vivir miles de millones de años más, hasta una vida total de casi 10.000 millones de años.

Sin embargo, esta materia expulsada al espacio, como el postrero signo de la existencia de una estrella masiva, será de nuevo útil en el Universo; servirá para otros astros, que adherirán el gas en expansión, rico en elementos pesados (los que permiten la formación de planetas y vida), a su propia creación, con el resultado de una constante perpetuación de la materia, entre puentes temporales de millones de años. Una estrella muere y el reciclaje cósmico se pone en marcha; con el tiempo, nuevas estrellas heredarán esos mismos materiales, prolongando la vida del Universo y permitiendo, entre otras muchas cosas, la presencia de este mundo azul y las innumerables especies animales y vegetales que lo pueblan.

(Publicado en El Hermitaño el 25 de octubre de 2005)

27.10.08

Tres sorpresas de Marte







Para quien creía que Marte no era más que un desierto seco y soso, desprovisto de interés "artístico", es decir, sin formaciones ni estructuras bellas y espectaculares, aquí van tres sencillos ejemplos de lo contrario. Una especie de 'mariposa', un campo de extrañas "plantaciones" y un cañón mucho más profundo y auténtico que el de Colorado nos muestran que Marte nunca ha sido un planeta aburrido para aquellos que saben adónde mirar.

(Publicado en El Hermitaño el 26 de julio de 2005)

13.9.08

Vientos de furia



Como una gigantesca burbuja en suspensión entre nubes de gas y vientos huracanados, esta extraña formación cósmica, llamada prescisamente Nebulosa Burbuja (NGC 7635, en Casiopea), nos indica que, a miles de años luz, está teniendo lugar un enfrentamiento galáctico: la nebulosa en forma de burbuja poco a poco se disuelve en el espacio como consecuencia de los fuertes vientos estelares que proceden de una estrella gigante cercana. La radiación que emite la estrella es tan potente, de hecho, que en un abrir y cerrar de ojos la concha de gas se difuminará como una acuarela en un estanque.

Son frecuentes estos vientos tan violentos. A veces, en zonas de formación de nuevos planetas, las estrellas jóvenes fogosas generan unos vientos estelares de tal magnitud que destrozan el caparazón gaseoso y de polvo que protege a los planetas embrionarios, situados en otros sistemas estelares más modestos, de modo que quedan, desnudos, a merced de las intensas radiaciones. El resultado es la disgregación de la materia y la imposibilidad de crear nuevos mundos.

En el caso del Sol parece ser que no tuvimos cerca uno de estos gigantes, porque la evidencia de nueve planetas (sería mejor decir ocho...Plutón ha dejado de serlo) así lo atestigua. Además, la presencia de vida en uno de ellos es también un indicio de que, en todo el tiempo de existencia de este Sistema Solar, no ha sufrido grandes cataclismos. En caso contrario, quizá no estaríamos discutiendo esto...

(Publicado en El Hermitaño el 7 de noviembre de 2005)

8.7.08

Término



Adiós, estrella. Resplandeces con los últimos rayos de tu luz mortecina y solitaria. Acabas tu vida, finalizas el camino, sientes que has llegado al término. Rebotas sobre tí misma, te inmolas para deshacer la materia que has robado de otros lugares, y la expulsas en una orgía de gas. Nutrirás el vacío allá por donde pases, en tu postrera expansión, y los embriones estelares agradecerán tu aportación. Sales al exterior, declinas toda invitación, sabes que se acerca el clímax, anhelas el momento de expirar.

Has concluido el recorrido que te marcaste; te sientes orgullosa, feliz, por haber cumplido contigo misma. Has sorteado dificultades y enfermedades, has dejado escapar lágrimas de vapor, pero en tu juventud nada fue capaz de pararte. Fogosa, rebelde, enérgica y descarada, iluminaste la oscuridad con relámpagos y centellas. Había muchos otras a tu alrededor, pero no brillaban; y las que hacían, carecían de la chispa, la marca que señala a las que tienen algo especial. Tú tenías esa marca, y la lucías como nadie.

Ahora te apagas, te marchitas y te desvaneces; pero el tiempo siempre ha llegado lento hasta tí, como adormecido, y apenas te ha afectado. Aún resta media eternidad para tu adiós. En el tránsito hacia el ocaso perenne, mutarás por fin y arrojarás tu ser a la inmensidad. Otras recogerán tu semilla, aunque tu fruto era único en toda la Creación. Rodeando astros, esquivando cometas de largas cabelleras, absorbiendo guijarros interplanetarios, escaparás para siempre, y tu esencia, la que nos hizo enloquecer, se confundirá con los pársecs y los eones, para escindir este mundo en dos y partir hacia el infinito.

Nos veremos allá lejos, donde nada tiene nombre y donde todo es idea, sentimiento y verdad.

(Publicado en El Hermitaño el 28 de noviembre de 2005)