5.8.11

Exploración y humanidad



Hay gente que opina que los costes de la exploración espacial son demasiado altos y sus recompensas insuficientemente valiosas. Porque aumentan nuestro saber, sí, pero no sirven para solucionar problemas sociales, curar enfermedades o erradicar la pobreza. Y, sin embargo, cualquiera que contemple una imagen como ésta, la de otro mundo girando alrededor del Sol con sus majestuosos anillos de polvo cortados finamente por las sombras, debería entender que la investigación del espacio es algo más que saber. Nos remite a un impulso ancestral de conocimiento, ciertamente, pero además nos permite un cambio absoluto de perspectiva en la forma en que observamos el Cosmos y a nosotros mismos.

El conocimiento que se desprende de toda exploración es importante, qué duda cabe, pero lo que se busca en realidad es un cambio, una transformación de nuestro pensamiento. En esa interrelación entre saber y revolución mental la exploración espacial juega un papel fundamental, porque sus hallazgos nos transportan hasta otra dimensión a la hora de concebir cuál es el lugar de nuestra civilización. Desde la conquista de la Luna, hace casi cuatro décadas, hasta esta foto de Saturno tomada por la sonda Cassini hace unas semanas, persiste un nexo común: el de ir más allá, para cambiar nuestra forma de entender el inmenso universo y, con ello, nuestra propia esencia humana.

Estamos viviendo en una época extraordinaria, de descubrimientos constantes y nuevas revelaciones acerca del universo, cada vez más fundamentales. Pero aunque no fuese así, aunque la exploración espacial no nos diera el camino a seguir en pos de un mayor saber intelectual, seguiría siendo vital para nuestra especie, y ello porque las sondas, las naves y estaciones espaciales y los ingenios humanos lanzados al espacio profundo nos permiten abrazar un enfoque radicalmente nuevo de quiénes somos, en relación al Cosmos.

Una única imagen del universo, como ésta de Saturno, nos sirve para entender por qué tenemos que explorar el espacio: una especie que no avanza hasta el más allá está sentenciada a muerte. E ir más allá significa, sin más, dejar atrás lo ya sabido, aquello que nos ha hecho humanos, y dar otro paso hacia lo imposible. Hace tan sólo unas décadas, una imagen como la de Saturno era una tarea más allá de nuestras posibilidades. Hoy es pura rutina.

El cambio de perspectiva es lo que debe movernos, más que el provecho práctico de nuestra exploración. A la larga, dicho cambio puede significar, gracias al estudio del Cosmos, nuestra propia supervivencia, por ofrecernos una visión del verdadero lugar y trascendencia de nuestra especie; esta nueva concepción tendrá como núcleo nuestras diferencias dentro de un marco humano común, unido ante la diversidad del Cosmos y su indeferencia ante nuestro propio destino. Esa unidad humana es, justamente, la que hoy más que nunca necesitamos. Y quizá sea la exploración espacial la que nos la proporcione.

(Publicado en El Hermitaño, el 7 de marzo de 2007)

14.6.11

Algodón de azúcar



Hay una música extraña entre las estrellas. No la oímos, porque sólo se difunde en el negro espacio, donde la escuchan seres ignotos de ensueño, pero es real. Tanto como el murmullo de un petirrojo recién nacido, o la cacofonía de un volcán en erupción. No emite nota alguna, empero, aunque si aguzamos el oído (interior, se entiende), es posible que percibamos su tono.

¿Qué canta, esa música? A través de los eones del tiempo cósmico y la extensión ilimitada del terreno universal, creo que nos sugiere una de esas verdades grandiosas que tanto nos gusta buscar, y que nunca logramos hallar. Nos habla de nosotros mismos, aunque en términos ininteligibles, ajenos a la capacidad racional de cerebros humanos. ¿Cómo entenderla, pues, cómo poder apreciarla? Dejándose llevar, buscar el rincón oscuro, abriendo bien los ojos (y, aquí también, los de dentro), y, mirando hacia arriba, sentir, percibir, enamorarse de lo que se sostiene allá, sobre nuestras testas, adhiriéndose a la magnífica estructura de la creación.

Pero, "¿de qué puñetas habla este tipo?", se preguntarán algunos (espero que no muchos...). Yo no puedo decir mucho más; ni tampoco serviría de mucho. Hay que probar, y comprobarlo. ¿Quien, al contemplar una belleza tan sensacional como la de la fotografía, no siente un estrecimiento, una sacudida que brota de sus entrañas y alcanza cada fibra de su ser, lanzándole a la aventura del vacío, la existencia, el futuro y la historia?

Es que ahí está todo. TODO. No me refiero a la materia, que también (es nuestra realidad básica, intrínseca, la que nos permite tomar forma e interactuar con el mundo de aquí y ahora); mas, entre ese algodón de azúcar gigante (al que me entran ganas de darle un buen bocado...), se esconde un pequeño secreto. Lo tenemos delante, y no lo comprendemos. Lo vemos, y se nos escapa. ¿Qué es?

Yo no lo puedo decir, repito. Sólo sugerirlo. Y que con ello baste.

Miraos, contemplaros, estáis allá arriba.

¿Os véis?

(Imagen: ESO/Danish telescope, La Silla (Chile, R.Gendler, J.-E.Ovaldsen, C.Thöne, C.Feron)

4.6.10

El enigma



"La cosa más sublime que uno puede experimentar es la atracción por lo misterioso... De ahí nace todo el arte y toda la ciencia."

Albert Einstein

25.12.09

Sentir el infinito



Cuando contemplamos el cielo, vemos el pasado. Es algo que me deja perplejo: es posible ver lo que sucedió hace miles, millones y miles de millones de años, sólo tenemos que observar el Cosmos. Cuando vemos la estrella Polar, estamos en realidad mirando el Universo tal y como era hace 320 años, pues esa es la distancia en años luz que nos separa de la Polar; alguien, en un planeta que orbitara esa estrella, vería la Tierra hace también 320 años, cuando los barcos de vela y los carruajes estaban de moda.

Yendo más lejos, mirando por ejemplo a la Galaxia de Andrómeda, nos remontamos a tiempos inmemoriables; 2 millones de años. Por aquel entonces no había humanos en este mundo, y si alguien en esa galaxia tuviera un telescopio potentísimo no vería un alma humana en todo el planeta; sólo simios vagando de árbol en árbol.

Y cuando nos lanzamos a las profundidades, al abismo negro del infinito, a las mayores distancias conocidas, estamos explorando el Cosmos en su infancia, cuando ni el Sol ni la misma Tierra existían. Si pudiéramos viajar instantáneamente hasta las galaxias más lejanas y mirar hacia nuestra dirección, no habría nada en la Vía Láctea que nos resultara familiar. Sin estrella, sin planeta, sin ningún atisbo de vida reconocible en miles de años luz a la redonda, nos sentiríamos solos, aislados, y desprotegidos.

De modo que mirar el espacio es mirar el ayer, no el hoy. El presente, en realidad, no existe en el Universo; la luz nos informa de lo que aconteció en el pasado; incluso mirando la Luna no la vemos al instante: si explotara ahora mismo, algo bastante improbable, lo sabríamos al cabo de casi 2 segundos. Si el Sol dejara de brillar, no lo percibiríamos hasta después de 8 minutos. Cuando acontece un suceso en el Cosmos, como la explosión de una supernova, la luz, quien nos aporta la información en forma de ondas luminosas, tarda en llegar dependiendo de la distancia a la que se halla el suceso. A más distancia, más tiempo transcurre hasta que sabemos lo que ha sucedido.

El Universo, sutilmente, nos engaña: creemos que todo ocurre en directo, pero las leyes físicas marcan ciertos límites, e incluso la luz tiene que cumplirlos. No importa demasiado, porque ¿qué mas dá si sabemos el ocaso de un astro con miles de años de retraso? Lo importante es ser conscientes de la grandeza de este Cosmos, de su inimaginable antigüedad, de sus fantásticas y sobrecogedoras maravillas, y de que, por mucho daño que podamos hacer, por muy mal que hagamos las cosas, el Universo seguirá ahí, omnipotente, omnipresente, infinito y magnífico, para humillar la arrogancia humana y hacernos ver, de nuevo, que no somos más que una mota de polvo en el cielo de la mañana... .

(Publicado en El Hermitaño el 19 de octubre de 2005)

18.11.09

Conexión cósmica



"Los cielos te llaman, y giran a tu alrededor mostrando sus esplendores eternos..."

Divina Comedia, Dante Alighieri

(Imagen: Pete Lawrence)

28.10.09

¿Por qué?



Nunca sabremos por qué se creó el Cosmos. Nunca entenderemos los motivos, las razones, si es que las hay, que llevaron a algo o a alguien decidir construir todo lo que existe, desde la briza de hierba del jardín hasta las galaxias espirales. Así opina mucha gente; y si no podremos saberlo no será consecuencia de que seamos tontos, que carezcamos de luces, o tengamos un bloqueo mental permanente: no lo sabremos jamás porque, si lo hiciéramos, seríamos Dios.

No hay motivo, tampoco, para devanarnos los sesos en el intento; el Cosmos existe, y punto. Hay que adentrarse en sus dominios, interesarse por sus secretos, sus enigmas, los fenómenos que alberga y la relación que mantiene toda esa gigantesca estructura de materia y vida con nosotros. Y con ello es más que suficiente; querer dar pasos más allá, penetrar en la mente del Creador, es quizá demasiado arriesgado. Quizá ni siquiera tengamos la capacidad neuronal suficiente.

Ahora bien, la pregunta nos tienta, es estimulante, agranda el horizonte del saber y, al menos, ayuda a los hombres y mujeres a entenderse mejor a sí mismos; el intentar comprender por qué motivo existe todo la maquinaria cósmica tal vez sepamos por qué existimos nosotros. Puede caber la posibilidad, incluso, de que no sea imposible saber la respuesta a tal pregunta. ¿Y si Dios no fuera más que un invento, una patraña, una falacia creada por los temerosos y apocados humanos que buscaron en un ser divino y omnipotente la mano capaz de dar forma, color y vida al Universo?. Entonces sí estaríamos en condiciones de conocer el por qué. Pero, ¿hay un por qué?. Si nada movió las leyes naturales, si nada impulsó la Creación, es posible que nos encontremos ante un Universo azaroso y formado a consecuencia de una casualidad, un cúmulo accidental de condiciones físicas y biológicas que han permitido la aparición de la materia y la vida. Así, el Universo es sólo una cuestión de buena suerte.

¿Es suficiente con ello, con quedamos satisfechos con esa 'respuesta'? No, en absoluto, de modo que estamos como al principio: no sabemos por qué existe el Cosmos. Es una de las preguntas que hemos ido haciéndonos desde miles de años atrás, y seguimos en la más absoluta de las ignorancias. Podemos olvidarnos de ella, arrinconarla y pasar a otras cosas, más sencillas o menos comprometidas. Podemos, como hacen unos, dejarla en manos de los textos religiosos, de papa y curas, o podemos, como hacen otros, suponer que no hay respuesta a tal pregunta. En ninguno de los casos llegaremos a ninguna parte.

La opción intermedia es más vaga, más insegura, pero mucho más valiente. Puede que haya un motivo, una razón, una explicación que nos aclare el por qué; si existe, y es asequible para nuestras limitadas mentes humanas, entonces hay que ir tras ella, no por qué nos haga mejores, no porque consigamos un premio o logremos eliminar nuestros problemas, sino simplemente porque, como dijo Friedrich Nietzsche , "quien conoce un por qué puede vivir cualquier como".

(Publicado el 2 de junio de 2006 en El Hermitaño)

27.9.09

Bajo la luz de Hércules



Tumbado. La cara mira hacia el infinito. El cuerpo descansa. La mente vuela.

Finales de septiembre. Hércules corre por encima de nuestras cabezas. Está, en la imaginería astronómica, arrodillado ante Ofiuco (el Serpentario), sosteniendo en las manos un mazo y una rama repleta de frutos. Prosigue sus heroicos trabajos, aunque en el firmamento sus miembros parezcan estáticos y su iniciativa vencida por el tiempo y las distancias.

Demos ahora un pequeño paso hacia fuera (es decir, hacia dentro del Cosmos). Vemos cuatro estrellas (algo débiles todas ellas) que configuran un trapecio central. Representan el abdomen del personaje, de cuyos vórtices parecen partir otros tantas espirales estelares (que simbolizan las tres extremidades y el cuello y cabeza de aquel). Con un poco de imaginación, y si la noche no muere extinguida por las luces que no deberían brillar, podemos formarnos una buena imagen de nuestro amigo de las alturas. Un brazo en alto, en posición de ataque, una pierna apoyada en el suelo, al igual que la otra, y otro brazo más, y ya vemos (concebimos, sentimos, vivimos...) su presencia celestial. Las estrellas que dibujan al hercúleo ser se hallan a un paso de nosotros. Entramos en el escenario, y contemplamos la escena y a los personajes...

Ahora otro paso más. Dejamos atrás astros cercanos. En una de las líneas que unen dos estrellas del trapecio se esconde un objeto muy famoso, distinguido con feos nombres (M 13 o NGC 6205). Se trata de un hervidero de estrellas viejas, lo que los entendidos llaman un cúmulo globular. El enjambre está lejos; tanto que podríamos contar por cada segundo cada kilómetro que nos separa de él y necesitaríamos algo así como mil millones de vidas humanas para terminar el recuento... Se supone que hay cerca de un millón de estrellas alojadas allí, en plena armonía gravitatoria y tan apiñadas unas con otras que, de haber planetas alrededor de algunas, sus cielos nocturnos nunca llegarían a ser tales y mostrarían, por el contrario, multitud de luminarias apelotonadas, luchando por brillar más que sus semejantes. Sería todo un espectáculo; un sol radiante y docenas (o centenares) de otros brillando a su lado tanto como la Luna llena. Me gustaría estar allí alguna vez...

El glóbulo de estrellas nos marca el límite de nuestro entorno galáctico, las afueras de una vasta Vía Láctea y su frontera con otras islas de astros. Cerca de M 13 hay una de ellas (NGC 6207), de aspecto alargado y difuminado, ya inaccesible a la visión humana sin auxilio instrumental. Es una isla portentosa, aunque no sea más que una mancha de luz apenas perceptible; contiene centenares de miles de millones de estrellas. Es tan ancha que para recorrerla de punta a punta a la velocidad de un F-16 necesitaríamos un billón años (casi cien veces el tiempo de vida del propio Universo...). Sus brazos espirales, dispuestos de forma semejante a los de la constelación que la contiene, albergan miles de millones de planetas, algunos recién nacidos, otros próximos a la destrucción. Qué seres, o qué cosas, se arremolinan allí, junto las masas de helio e hidrógeno y las atascos de polvo, es algo que probablemente nunca sabremos. Si pudiéramos acercarnos un poco más...

Nos queda un último escalón a superar, una postrera puerta por abrir: la isla deja ahora paso a todo un archipiélago, un soberbio grupo de galaxias que, combinados siguiendo una coreografía cósmica perfecta, nos enseña el Cosmos a la más alta escala que podemos percibir; el racimo de islas (que algunos denominan Cúmulo de Hércules) está dominado por miembros esferoidales, compactas y densas en astros, que parecen presidir el cúmulo y organizar el tinglado galáctico. A su vera aparecen las espirales, graciosas y bien parecidas, que dotan de belleza al sistema, mientras que en ocasiones florecen galaxias de aspecto amorfo, casi deforme, como hijas fallidas de una cópula con progenitores monstruosos. Cada nube de gas y estrellas que forma el grupo tiene tanta materia como nuestra querida Vía Láctea, y es tan prometedora como ella en vida y civilización. Es una lástima que sus ecos inteligentes ni sus canciones alcancen nunca la Tierra y sus oídos gigantes en forma de radiotelescopio... O quizá algún día... Quién sabe.

Me duele el cuello. Mis ojos pierden visión y noto la espalda agarrotada. Hace frío. Es hora de la cama. Cierro la hamaca, recojo los prismáticos y digo adiós. ¿Habrá alguien que, sobre la arena de un mundo lejano, divise astros y galaxias y medite quién (o qué) se arrincona entre el espacio vacío? Debe haberlo. No, lo hay, seguro.

O no. ¿La inmensidad y el espacio eterno vacíos para siempre, entonces? Hércules se agita en su lecho, sacude su maza y mira al serpentario. No puede ser. Ahí hay algo... y alguien.

Brindemos, pues. El encuentro, el hallazgo y la victoria están cerca.

21.7.09

Cuando llegamos allí



Entonces apenas sabíamos nada.
Era un reto arriesgado; una locura racional.
El sueño era milenario; la posibilidad real, una quimera.
Pero hace cuarenta años fue hecho realidad.

Ignorantes, osados, incluso temerarios.
Nos lanzamos al océano de espacio vacío.
Fuimos allí, palpamos la tierra nunca hollada.
Y regresamos para narrar la épica vivida.

Pero aquello, cuatro décadas atrás, sólo fue el principio.
La amiga de rostro luminoso continúa aguardando.
Porque seguimos ansiando pisar el polvo de otro mundo.
Volveremos a ella, e iremos mucho más allá.

La Aventura (el Cosmos) no ha hecho más que empezar.

19.6.09

Año Galileano

ANTEOJO ASTRONÓMICO.

Combinación de dos lentes que sirve para ver objetos lejanos y para refutar a Aristóteles.

“El firmamento es eterno, inmutable y sin origen”, había decretado el sabio de Estagira. Galileo se limitó a dar tres conferencias ante mil personas sobre la estrella nueva aparecida en la constelación de la Serpiente. La disputa se exacerbó cuando empezó a escrutar el cielo con su anteojo y a encontrar cosas raras. Primero descubrió las fases de Venus, e hizo notar que ese hecho era la mejor prueba de la hipótesis copernicana. Luego descubrió los satélites de Júpiter, que si bien constituían otra prueba de esa hipótesis eran filosóficamente absurdos: según los aristotélicos un cuerpo en movimiento no podía ser centro de otro movimiento.

El matemático y astrónomo Clavius, de Roma, expresó con sobriedad su opinión sobre el descubrimiento: “Me río de los pretendidos acompañantes de Júpiter”. Otros peripatéticos, más conciliadores, afirmaron que quizá el instrumento mismo producía los satélites; Galileo ofreció diez mil escudos al que fabricara un anteojo tan astuto. La mayoría de los aristotélicos, sin embargo, se negó en redondo a mirar por el tubo, asegurando que no valía la pena buscar semejantes objetos celestes, ya que Aristóteles no los había mencionado en ninguno de sus volúmenes.

En una carta a Kepler decía Galileo: “Habrías reído estrepitosamente si hubieras oído las cosas que el primer filósofo de la facultad de Pisa dijo en mi contra delante del Gran Duque, y cómo se esforzaba, mediante la ayuda de la lógica y de conjuros mágicos, en discutir la existencia de las nuevas estrellas”.

Ernesto Sábato, "Uno y el Universo", 1968.

1.6.09

Falibilidad científica

"Si actualmente se considera que Ptolomeo estaba equivocado en cuanto alguno de sus dogmas fundamentales, ¿no resulta un tanto ingenuo aceptar ahora todo
lo que dicen los científicos modernos?
"

Michel de Montaigne, "Ensayos".