31.1.09

"Cambio climático y medios de comunicación: la necesidad de un marco sereno de divulgación científica"

Vivimos en la era de la información, en una etapa del saber científico sin precedentes y con unos recursos divulgativos como jamás han existido. Disponemos de los medios necesarios para explicar a las personas todo lo relacionado con la ciencia, el conocimiento del mundo y sus maravillas. Es una época en la que la sociedad mejor puede recibir de los científicos y los escritores divulgativos el legado de siglos de curiosidad e investigación acerca de la naturaleza. Es, por tanto, un tiempo magnífico para aprender y enseñar ciencia. Sin embargo, también es el momento propicio para que, algunos, aprovechen el prestigio y el valor de la ciencia con el fin de manipularla y que sirva a sus propios intereses. Y esto puede ser peligroso, porque puede confundir y desorientar a quienes sienten atracción por los grandes temas científicos. Tal vez sea en la cuestión del cambio climático donde más pueda advertirse esto.

Partamos del hecho, totalmente obvio, de que el clima sólo lo comprenden razonablemente bien los científicos dedicados a la climatología. Por tanto, debería ser a ellos a quienes acudiéramos para hallar la información más veraz acerca del cambio climático. ¿Cómo hacerlo? Fundamentalmente, a través del IPCC, o Panel Intergubernamental del Cambio Climático, un consorcio científico internacional que, auspiciado por Naciones Unidas, aglutina a la mayoría de expertos en climatología y otras ramas científicas afines. Desde el IPCC se nos dice, en primer lugar y entre muchas otras cosas, que la temperatura global del planeta ha aumentado en 0,6º C en sólo los últimos treinta años, y alrededor de 0,8ºC desde principios del siglo pasado. En segundo lugar, se advierte que, en buena parte, el responsable de ese incremento ha sido la actividad humana, por medio de la emisión de grandes cantidades de dióxido de carbono a la atmósfera que tienden a acentuar el efecto invernadero. Y, en tercer lugar, basándose en sus modelos climáticos informatizados, se predice que la temperatura planetaria en 2100 podrá aumentar, en promedio, unos 2,4º C respecto a los valores actuales. La primera de las afirmaciones es irrefutable, por lo menos en cuanto a las temperaturas superficiales; la segunda algo más discutible, sobre todo a la hora de determinar hasta dónde es responsable, dentro de la corriente al alza de las temperaturas, la mano del hombre, si bien no cabe duda de que afecta al sistema climático; mientras que la tercera es fruto de una modelización de los distintos parámetros que constituyen el funcionamiento del clima, modelización que sólo podemos entender como plausible, pero no como una certidumbre absoluta (entre otros motivos, porque aún no comprendemos completamente el forzamiento radiativo de las nubes y los aerosoles, el ciclo geológico del carbono, los entresijos de la Corriente del Golfo, etc.).

Por tal motivo existen, naturalmente, voces disidentes y científicos que no se avienen, en relación a las dos últimas cuestiones, con los resultados pronosticados. O bien creen que la influencia humana es menor de lo sospechado, o que las consecuencias y efectos del cambio climático a largo plazo serán menos dañinos en términos generales. Este desacuerdo, en todo ámbito científico, es provechoso y saludable; la discusión de ideas encontradas es la semilla de la ciencia, de las que brotan posteriormente frutos en forma de conocimiento y nuevos saberes. Muchas veces, este antagonismo intelectual allana el camino hacia la verdad y produce resultados inesperados. Sin embargo, en lo referente al cambio climático los medios informativos acostumbran a presentar a los escépticos como sujetos poco honestos, favorecidos económicamente por empresas multinacionales y dedicados a vender entelequias con un fin egoísta y lucrativo. Esto ocasiona un daño terrible a la ciencia, porque mancilla la dignidad de investigadores cuya honradez, como cualquier otra persona, no puede ponerse en duda a no ser que se demuestre fehacientemente lo contrario. Y esto siempre a posteriori, nunca a priori, como se está haciendo, sin embargo, en demasiadas circunstancias y desde demasiados medios.

La cuestión del maltrato a los disidentes llega a extremos dantescos por parte de ciertos sectores, como algunas colectividades ecologistas, lo cual es grave aunque no demasiado sorprendente, o incluso desde púlpitos con carácter científico o ligeramente político, lo cual no sólo es grave y sorprendente, sino inaceptable. Un ejemplo lo hallamos en Al Gore, reciente premio Nobel de la Paz (galardón compartido, precisamente, con el IPCC). Pese a que no podemos recelar de sus buenas intenciones, su desprecio a los escépticos (como botón de muestra, sus declaraciones acerca de equipararlos con quienes niegan la llegada de los tripulantes de las misiones Apolo a la Luna, o también, los que siguen creyendo que la Tierra es plana) es desafortunado, incomprensible y grosero. Los científicos siempre pueden dudar de las conclusiones de otros colegas suyos, solicitando argumentos, pruebas y observaciones que respalden sus opiniones. Pero resulta imprescindible hacerlo desde el respeto y la tolerancia hacia quienes no comparten nuestras posturas. Otro caso, por citar alguno famoso, es el de James Lovelock. Si bien se trata de un reputado científico, también es un ecologista convencido; tal vez por ello sostiene que «quizá la estridencia de los escépticos sobre el calentamiento global oculta su miedo a estar equivocados». Posiblemente lleve razón, pero son también muchas las ocasiones en que parecen ser más estridentes y alarmistas, precisamente, aquellos que sostienen la actitud contraria a estos. Para ejemplo, la del presidente del IPCC, R. K. Pachauri, quien no dudó en esperar, del último informe de este Panel (2007), que este provocase una «conmoción» en la gente, lo cual sería favorable para que los gobiernos, quienes supuestamente representan al pueblo, iniciaran políticas más agresivas para la reducción de la emisión de los gases de efecto invernadero, entre otras medidas. Tal vez sea útil y conveniente ejecutar estas reducciones de las emisiones, o tal vez no, pero no corresponde al IPCC inclinar la balanza hacia ninguna de las dos posibilidades. Su cometido, de hecho, como el mismo Panel afirma, es la de ofrecer, y esto ya es suficientemente importante, una información neutral, sin predisposiciones ni favoritismos.

Las deficiencias en nuestro entendimiento del clima y las discrepancias de los detalles científicos sobre el calentamiento global no debe evitar reconocer, sin embargo, que sabemos lo suficiente para establecer unas líneas maestras que, a grandes rasgos, nos indiquen cuál va a ser el ambiente futuro de la Tierra. Las previsiones, desgraciadamente, no son buenas ni económica ni socialmente. Estas sugieren, en efecto, que habrá que reestructurar nuestros modos de vida, reducir ciertos excesos de consumo y apostar por energías renovables, en la medida de lo posible para satisfacer las demandas energéticas de la población. También padeceremos un intenso estrés hídrico, además de otras penurias como elevación del nivel de los mares, quizá huracanes más violentos, más inundaciones y un aumento de los casos de malaria y pobreza, además de un incremento notable del hambre en los países subdesarrollados, aunque esto no sea únicamente responsabilidad del cambio climático.

Las secuelas de dicho cambio climático van a ser probablemente una realidad aunque hagamos algo, ya mismo, en cuanto a las emisiones de dióxido de carbono. La cuestión radica en saber si, por medio de ciertas acciones, podremos atenuar su impacto futuro. Una de las propuestas es la del Protocolo de Kioto, establecido en 1997 como marco internacional para la reducción, en un porcentaje de poco más del 5% en relación a las emisiones de 1990, de los gases causantes del efecto invernadero. Es una valiente ambición, pero no parece demasiado factible, sin embargo, que un descenso tan exiguo vaya a atajar el aumento de temperatura de forma efectiva ―se cree que, en todo caso, podría reducir la temperatura global en unos 0,2ºC en 2100, por lo que habrá aumentado 2,2ºC, en promedio, en lugar de los 2,4º originales―. No obstante, el Protocolo podría ser beneficioso siempre que los costes de reducción de carbono fueran proporcionados y asumibles para las economías de los países implicados, y sus consecuencias claramente favorables para la industria, la sociedad y sus ciudadanos. Pero esto no resulta fácil de calcular, y los muchos factores en juego dificultan una valoración a tan largo plazo de sus costes y beneficios. Quizá haya alguna otra forma, más efectiva, de mejorar el medio ambiente sin ahogar los recursos de las naciones. Hay que continuar investigando.

Mas la controversia en torno al cambio climático no está centrada tanto en los asuntos puramente científicos o en las decisiones políticas tomadas a raíz de ellos, que como hemos visto existen y deben ser debatidos y contrastados por los especialistas, como en su difusión pública. Hemos llegado a un punto en el que los medios de comunicación, ávidos de noticias sobre catástrofes, muertes y destrucción, están invadiendo el terreno de la ciencia para apropiarse de sus hallazgos y presentarlos al mundo con talante alarmista y aterrador. Es obvio que estamos haciendo mal las cosas, que contaminamos, devastamos y arruinamos el entorno, que estamos añadiendo a la atmósfera nueva química y esquilmamos los recursos naturales. Todo esto es grave y nos está dando muchos problemas, pero es algo que puede tener solución, siempre que seamos lo suficientemente inteligentes para ponerla en práctica. No obstante, un aumento de 2,4ºC en la temperatura global en el próximo siglo, que es lo que auguran los pronósticos científicos, está lejos de producir el escenario apocalíptico y terrorífico de una Tierra sumida en un infierno de calor, aridez y conflictos. Habrá dificultades, naturalmente, a las que deberemos hacer frente, pero nada que quizá no pueda resolverse.

Por este motivo, la falta de transparencia y objetividad que presentan los medios como periódicos y televisiones, la escasa formación científica de los periodistas y la tendencia, cada vez más acusada, hacia el sensacionalismo y el amarillismo en relación al cambio climático, no están ayudando a su comunicación pública y objetiva. Son infinidad las noticias con tintes catastrofistas, pero muy pocas las que hacen referencia a predicciones optimistas o menos graves, y no debido a su inexistencia, sino a su carácter templado y no alarmista. Mientras se entienda al cambio climático como una fuente de noticias impactantes y no como un tema en discusión científica permanente, evitando exagerar y dramatizar en exceso, los medios periodísticos desprestigiarán y alterarán su contenido en beneficio propio. Cuanto peor son las noticias, afirma Bjorn Lomborg, más venden los medios de comunicación, «y el clima se vende particularmente bien».

En sus escritos y comunicaciones los ejemplos ya citados de Gore y Lovelock también destilan, regularmente, ese aliento catastrofista y apocalíptico, bastante ajeno a las previsiones científicas del IPCC. Es el caso del reciente libro de Lovelock La venganza de la Tierra, que nos presenta un futuro abocado a la destrucción y al exterminio, en donde, «antes de que termine este siglo, miles de millones de nosotros moriremos [por causas derivadas del calentamiento global]». Gore, por su parte, afirma que el nivel de los mares, en este siglo, puede aumentar hasta en seis metros si se deshiela la mitad de Groenlandia y la Antártida. Sin embargo, el IPCC, en su informe de 2007, sostiene que la subida será sólo de 58 centímetros (lo que, sin duda, causará importantes apuros en algunas regiones del planeta, que habrá que enmendar), y que es altamente improbable que las dos mayores masa de hielo del planeta tengan una pérdida tan acusada en su volumen. Así, vemos la existencia de una discrepancia entre la información suministrada a la población por los medios (sean periodísticos o divulgativos) y la proporcionada por las fuentes científicas (independientemente de la postura adoptada ante el calentamiento global). Y vemos también que expresiones altisonantes de este tipo, dramatizadas e inexactas, no refieren una realidad plausible; sólo un escenario altamente improbable producto de una generosa exageración de las previsiones climáticas. En consecuencia, prestan un flaco favor a la divulgación científica seria de un tema tan relevante en el panorama cultural actual como es el cambio climático. Si acaso, forman parte mucho mejor de un lenguaje publicitario, que trata de vender y persuadir, no de un estilo científico que presenta un contexto de investigación rigurosa. Naturalmente, en la descripción de los resultados de toda exploración de la naturaleza son necesarios, en ocasiones, términos algo enfáticos y graves, y más aún si están referidos a las consecuencias hipotéticas del cambio climático a largo plazo. Sin embargo, ello no soslaya que muchas de las fórmulas empleadas en el ámbito del calentamiento global posean más de retórica y afectación que de verdad científica.

Por ello parece más necesario que nunca un nuevo marco sereno y sensato de divulgación científica, marco en el que puedan difundirse los resultados y los estudios científicos sin temor a que estos sean permanentemente alterados, no sólo en su presentación al público, sino incluso en lo radical de su contenido. El IPCC es un buen paradigma de ello, pese a sus ocasionales errores (el gráfico del palo de hockey, por ejemplo) o sesgos. Tratemos de evitar el catastrofismo. Eliminemos el dramatismo y la mención a futuros apocalípticos y sustituyámoslos por una comunicación ecuánime e imparcial. Pero, al mismo tiempo, hagamos saber también que el cambio climático puede muy bien ser una realidad irrecusable, y que es absurdo quedarnos de brazos cruzados. Estamos haciendo mal las cosas y hay que actuar. Sólo queda por decidir hacia qué dirección, con qué medios y hasta dónde estamos dispuestos a llegar.

Sin embargo, debemos hacerlo. Debemos, todos, científicos y divulgadores, esforzarnos por lograr ese difícil objetivo que es brindar a la sociedad una información lo más veraz, estricta y despojada en lo posible de dramatismos innecesarios. Cualquiera de nosotros puede equivocarse, puede dejarse llevar por el entusiasmo o los apegos a favor de una postura u otra. Es normal, somos humanos. Pero los extremos son, como ya sabía Aristóteles, desacertados, y en toda discusión debe privar el respeto y la consideración por el otro; la templanza nos permite contemplar los hechos con mayor agudeza y profundidad. Las personas, además, se merecen la mejor educación, y pueden (es más, deben) exigir información objetiva y alejada de atavíos retóricos.

La tarea es compleja. Pero la recompensa es inestimable: construir una sociedad crítica, capaz de discriminar entre sensacionalismo y ciencia, y cuyos miembros tengan acceso a un saber que les hará más libres, al disponer de todas las opciones y alternativas en el continuo discutir de los temas científicos.

Podemos y sabemos hacerlo. No perdamos más tiempo.

3 comentarios:

Aaoiue dijo...

Tengo la sensación de que la gente no es tan permeable a las campañas de la prensa,etc. como parece. La banalización es bastante irritante. No me refiero tanto a que un tema llegue a las comparsas del Carnaval, donde hay tanta verdad, como a que se haga cachondeíto de cualquier tema que se hace moda.

Desde mi ignorancia creo que habría que hacer algo por la divulgación de la ciencia más que contra su banalización y distorsión. También pienso en que todo lo que se haga por corregir la explotación salvaje de nuestro planeta y el cielo será bueno, aunque sea en nombre de un cambio climático improbable.

Besos y gracias por el artículo.

elHermitaño dijo...

Gracias a ti por tus palabras, Marta.

Estoy muy de acuerdo contigo, amiga, aunque creo que en ocasiones lo que se describe como acciones a favor del medio ambiente (léase Kyoto) encierra un considerable sustrato de negocio económico (p. ej. las ayudas y el impulso a las industrias de energías renovables). Y cuando ello sucede entonces la credibilidad e imparcialidad de esos mismos organismos puede quedar en entredicho, porque analizan la cuestión influidos, quizá, por ciertos intereses, pese a que en el fondo subsista la voluntad de mejorar nuestro ecosistema.

En ocasiones unas medidas correctoras que beneficien ecológicamente (menos emisiones de gases invernadero es una de ellas, claro) pueden resultar muy dañinas económicamente, para ciertos estados con pocos recursos. Aquel beneficio deberá ser muy manifiesto para que sea provechoso para estas economías, lo cual, por ejemplo con Kyoto, no sucede (mucho gasto para una mejora poco relevante, si es que realmente se produce mejora alguna).

Lo cual no obsta, desde luego, para que tratemos siempre de contaminar menos, no esquilmar nuestros recursos naturales, etc. Pero creo que sería beneficioso para todos tomar las correciones necesarias "siempre y cuando" sus beneficios superen con mucho a los trastornos que un cambio energético a gran escala puede suponer, y que implica también el cambio radical de nuestros hábitos, o el de todo un país, sus industrias, etc.

Yo adoro la Naturaleza, casi tanto como a mi propia madre, pero estoy completamente en contra de todos los que, sean de la facción climática que sean, utilizan su nombre para vender productos, técnicas, industrias y elixires mágicos para rejuvenecer su rostro, tersar su piel y ocultar sus dignas arrugas.

Hay que cuidarla, desde luego, pero siempre evitando el negocio lucrativo a sus espaldas, y a la de los ciudadanos.

Y espero, como comentas, que las personas posean mayor capacidad crítica sobre este (y otros muchos) tema. La dificultad estriba en que unas mentiras (o unas verdades a medias) aireadas sin cesar pueden llegar a calar tan hondo como las mejores realidades. Si se repite mucho una mentira la gente, tarde o temprano, acabará creyéndola, sobretodo si todos los medios reman en la misma dirección...

Espero tener algo más de tiempo para pasearte por tus páginas y comentar como dios manda, Marta. A ver si es posible...:)

Un abrazo, amiga.

Aaoiue dijo...

Gracias por la explicación. Seguiré al corriente de tus investigaciones.
Besos.